Adriana revisa Twitter cada media hora esperando encontrar respuestas a sus pensamientos. Un día se topa con un anuncio de un videojuego: la muerte tiene una becaria. Es la metáfora que necesitaba para entender su propia crisis.
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Adriana revisa Twitter cada media hora esperando encontrar respuestas a sus pensamientos. Un día se topa con un anuncio de un videojuego: la muerte tiene una becaria. Es la metáfora que necesitaba para entender su propia crisis. Su padre ha sufrido un ictus que lo deja postrado, y ahora ella debe decidir: ¿obligarlo a recuperarse, a rehabilitarse, a abandonar el tabaco? ¿O permitir que viva como desea, aunque eso signifique su lenta desaparición? La novela explora la fraternidad imposible entre la responsabilidad filial y el derecho ajeno a la propia vida.
Adriana recorre su vida digital como si deslizase un dedo por un timeline que, ocasionalmente, parece responder a sus propios pensamientos. Una mañana de reflexión sobre la enfermedad de su padre la trae a un anuncio de videojuego: la muerte busca becaria. La imagen es grotesca, divertida, perfecta. Se convierte en el símbolo de una pregunta que la acosa.
Semanas atrás, su padre pasó veintisiete horas tumbado en el suelo. Un ictus lo sorprendió en su casa, en un enero gélido, tumbado sobre un terrazo frío, apenas protegido por un brasero eléctrico que podría haberlo incendiado pero que, paradójicamente, lo salvó de la hipotermia. Cuando llegó al hospital, media cara estaba paralizada. Una pierna, una mano. Pasó meses en una residencia. Y luego, cuando finalmente logró mantenerse en pie de nuevo, regresó a casa.
Ahora Adriana viaja cada fin de semana desde su vida cotidiana a Valencia. Cuida a su padre. Lo acompaña en silla de ruedas, lo mira fumar a pesar de los ictus, lo ve conducir con la mano que no controla del todo. Le prepara bocadillos de jamón de bellota para los pícnics. Deja listas de instrucciones neuróticas para Vilma, la cuidadora ecuatoriana que lleva sus tardes. Y luego vuelve a su trabajo, cargando una maleta hasta el paseo marítimo, mirando las ventanas del tren que prometen socorro en las alturas.
Pero ¿cuál es el verdadero auxilio que puede ofrecer? ¿Decirle que deje de fumar por su bien? ¿Obligarlo a rehabilitarse? ¿O aceptar que un hombre que durante toda su vida fue generoso y capaz, que nunca conoció la enfermedad hasta ese ictus, quizá tenga derecho a vivir los años que le restan como le venga en gana, aunque sea desde una butaca, entre el humo del tabaco y el sonido de la televisión?
La novela traza la geometría de una imposibilidad: la de cuidar sin controlar, de amar sin invadir, de estar presente cuando la muerte acecha y el tiempo se agota de formas que nadie puede predecir ni evitar. Es una historia sobre el cuerpo que envejece, sobre la culpa que nos posee, sobre los límites frágiles que separamos entre lo que queremos para los otros y lo que ellos desean para sí mismos.
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