Su cabello ondeaba entre el humo de la batalla, su boca ensangrentada abierta en un grito de felicidad mientras Trenzas se aferraba a los cuernos de la sierpe de la muerte. Herida de gravedad, se arrastraría luego buscando refugio.
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Su cabello ondeaba entre el humo de la batalla, su boca ensangrentada abierta en un grito de felicidad mientras Trenzas se aferraba a los cuernos de la sierpe de la muerte. Herida de gravedad, se arrastraría luego buscando refugio. Mientras tanto, dos sombras sin forma avanzan hacia Eroshia, y una anciana junto a bestias extrañas descubre los muros dorados de una ciudad abandonada en un mundo corrompido.
Hay quienes odian la vida. Trenzas no. Su cabello ondeaba entre el humo de la batalla, ensangrentado, mientras se aferraba a los cuernos de la sierpe de la muerte—una bestia de una legua de longitud. Para cualquier otro sería la perdición, pero para ella era pura vida. Su locura le permitía habitar dos mundos simultáneamente, saltando entre realidades para eludir jaguares, para caer sin romperse, para danzar donde otros perecerían. Nada dura. Cuando la sierpe desapareció bajo ella, Trenzas cayó entre las ramas de un bosque denso. Las heridas fueron profundas, el dolor desconocido. La cazadora se convirtió en presa aterrorizada, arrastrándose hacia una guarida bajo las raíces de un árbol, buscando refugio de los depredadores que ululaban en la oscuridad. En las Tierras de Pesadilla—esas tierras que desgarran carne, mente y alma—avanzan dos sombras sin forma. Son los restos de un hombre caído: el Señor Palo, demacrado y sediento de magia, arrastra al Señor Charco, bromista y regordete, hacia Eroshia en busca de aprendizaje. Lejos de allí, Zagorka cabalga sobre Chester, un mulo gigante, mientras el centauro Ceño de Piedra galopa a su lado. Han huido de la batalla, abandonado sus ejércitos. Sin hogar que los reclame, atraviesan desiertos y baldíos rocosos. Entonces, en lo alto de una colina, descubren una ciudad de oro pegada a un acantilado. Torres, templos y puentes aéreos brillan bajo la luz del atardecer. Sus calles llenas de maleza, sus plazas vacías, abandonadas. La ciudad resplandece como una joya en un mundo que se desmorona.