Una reflexión sobre la naturaleza de la libertad humana y su ejercicio correcto. La encíclica papal examina cómo la verdadera libertad no consiste en hacer el capricho personal, sino en obedecer a la razón y a la ley eterna de Dios.
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Una reflexión sobre la naturaleza de la libertad humana y su ejercicio correcto. La encíclica papal examina cómo la verdadera libertad no consiste en hacer el capricho personal, sino en obedecer a la razón y a la ley eterna de Dios. Critica las distorsiones modernas del concepto de libertad y defiende el papel histórico de la Iglesia en la defensa de la libertad civil y la abolición de la esclavitud.
El Papa Leone XIII inicia esta reflexión considerando la libertad como la dignidad propia de los seres racionales, ese poder de actuar según el albedrío que define la naturaleza humana. Sin embargo, desde el primer momento advierte sobre el peligro que acompaña a este don: de la libertad nacen tanto los mayores bienes como los mayores males. A lo largo de la encíclica, el pontífice despliega una distinción cuidadosa entre la libertad natural —el poder de elegir entre medios para alcanzar un fin— y la libertad moral, que requiere sometimiento a la razón y a una ley que la ordene. Sostiene que la verdadera libertad no reside en la ausencia de límites ni en la capacidad de hacer cualquier cosa, sino en la capacidad de elegir el bien genuino, rechazando lo que solo aparenta serlo. La razón actúa como brújula necesaria, iluminando la voluntad hacia aquello que genuinamente la perfecciona y la eleva. La encíclica desarrolla un argumento central: la crítica a las «libertades modernas» que, según el Papa, han adulterado el concepto original de libertad. Estas corrientes contemporáneas pretenden incluir en el ámbito de la libertad cosas que quedan fuera de su verdadero contenido, llevando la noción a una extensión excesiva. La encíclica señala que todo lo valioso en estas libertades es tan antiguo como la verdad misma, mientras que lo nuevo que se ha añadido es solo la corrupción producida por el desorden y la fiebre revolucionaria de los tiempos. El pontífice aborda también la función crucial de la ley como protección y auxilio de la libertad, no como su enemiga. La ley natural, grabada en el corazón de cada hombre, existe precisamente para dirigir la voluntad hacia el bien y apartarla del mal. Finalmente, defiende la acción histórica de la Iglesia en esta materia, recordando su papel determinante en la abolición de la esclavitud antigua y su proclamación de la igualdad fundamental y fraternidad de todos los hombres en dignidad.
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