Un comisario de la policía griega descubre el cuerpo de cuatro mujeres jubiladas que se han quitado la vida en un pequeño piso de Atenas. Su nota de despedida revela la desesperación de quienes se sienten expulsados por una sociedad en…
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Un comisario de la policía griega descubre el cuerpo de cuatro mujeres jubiladas que se han quitado la vida en un pequeño piso de Atenas. Su nota de despedida revela la desesperación de quienes se sienten expulsados por una sociedad en colapso. Mientras la ciudad hirviente de protestas y descontento envuelve sus días, el protagonista debe lidiar con la oferta de ascenso que puede cambiar su vida, enfrentando la cuestión de qué significa ser policía en tiempos de crisis.
En un pequeño piso de Atenas, dos mujeres yacen tendidas en una cama de matrimonio con la mirada fija en el techo, mientras otras dos descansan en sillones con los ojos cerrados. Así las encuentra el comisario Kostas, junto con su ayudante Kula, en lo que parecería al principio un caso rutinario en la brigada de homicidios. La nota que las cuatro jubiladas dejaron sobre la mesa es el testimonio de una desesperación compartida: se consideraban una carga para el Estado, para la sociedad, y decidieron quitarse la vida para no representar más peso.
Ekaterini, Anguelikí, Luida y Vasilikí eran mujeres de entre sesenta y tres y setenta años. Vivían modestamente, con ropa barata y un piso de apenas sesenta metros cuadrados. Sus pensiones habían sido recortadas, no podían acceder a medicinas porque la Seguridad Social estaba colapsada, y su presencia en el mundo parecía haberse convertido en un obstáculo. Ingirieron somníferos y vodka, una muerte tranquila durante el sueño.
Este suceso es el punto de partida de una novela que retrata una Atenas convulsionada por la crisis económica. Las calles hierven de manifestaciones y conflictos. Los emigrantes buscan comida en cubos de basura. El tráfico fluye lentamente, no porque haya embotellamiento, sino porque la gente ya no tiene dinero para sacar el coche. Los políticos son acosados, los sindicatos protestan, los grupos de extrema derecha chocan con los migrantes. En este contexto de desmoronamiento social, la brigada de homicidios permanece inusualmente tranquila. No hay crímenes que investigar, y esa ausencia se convierte en una carga más pesada que los casos a resolver.
Kostas es un policía experimentado, padre de familia, marido de Adrianí, que vive en la tensión constante de los recortes salariales. Su superior le ofrece una promoción a subdirector de Seguridad, una oportunidad que podría mejorar la situación económica de su hogar. Sin embargo, la promoción viene con una condición: debe comportarse de manera ejemplar, sin las bromas que lo caracterizan. Kostas es, según Guikas, como un elefante en una cristalería, mientras que los que ascienden son felinos cuidadosos.
La novela teje los hilos de la investigación del suicidio colectivo, la vida personal de Kostas en su hogar, donde su esposa Adrianí lucha por mantener la dignidad, y el telón de fondo de una nación en convulsión. El dilema central no es solo qué empuja a cuatro mujeres mayores al suicidio, sino qué significa continuar viviendo cuando todo parece estar colapsando. La narración es serena, observadora, sin dramatismos innecesarios, moviéndose entre escenas de brutalidad cotidiana y momentos de intimidad familiar que revelan cómo la crisis permea hasta los espacios más privados de la existencia.
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