Hemda yace en la cama de un pequeño cuarto, preguntándose si el espacio ha crecido o ella ha menguado. Con su cuerpo adelgazado y la inmovilidad como única realidad, la anciana contempla desde su lecho los fragmentos dispersos de una vida:…
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Hemda yace en la cama de un pequeño cuarto, preguntándose si el espacio ha crecido o ella ha menguado. Con su cuerpo adelgazado y la inmovilidad como única realidad, la anciana contempla desde su lecho los fragmentos dispersos de una vida: un kibutz junto a un lago, una infancia marcada por la crueldad paternal, la ausencia de una madre, y la indiferencia de sus hijos. Esta novela recorre la memoria de una mujer que lucha contra el olvido en sus últimos días, mientras las generaciones de mujeres de su familia cargan las cicatrices de abandonos e obligaciones incumplidas.
Hemda yace inmóvil en la cama de una habitación diminuta. Su cuerpo adelgazado apenas tiene peso; solo la manta la sujeta a la realidad. Sus hijos la visitan casi cada día, pero ella percibe una indiferencia cuidadosamente disimulada: miradas furtivas al reloj, voces que se animan cuando suena el teléfono. Nadie la ama lo suficiente. Su cuarto está repleto de objetos: un armario con ropas coloridas que no volverá a usar, un escritorio antiguo, una mesa cubierta de medicinas. Cada píldora cuenta la historia de un cuerpo que se desmorona. La única ventana apunta hacia el lago que obsesiona sus pensamientos, aquel cuerpo de agua junto al cual creció en el kibutz. Hemda fue el primer bebé nacido en el kibutz, objeto de adoración colectiva. Su infancia, sin embargo, estuvo marcada por el trauma. A los dos años, tras una caída, se negó a caminar. Su padre, siguiendo el consejo de un médico, la sometió a castigo físico para obligarla a moverse. Aprendió a caminar, pero su conciencia quedó petrificada. Su madre trabajaba en la ciudad y solo regresaba los fines de semana. Luego desapareció durante un año en una misión. Cuando volvió, Hemda no la reconoció. Ahora, su hija Dina le repite constantemente que creció sin madre, tejiendo una cadena de culpa que atraviesa generaciones. Su hija exhibe su cabello canoso como reproche silencioso. Su hijo Abner ha envejecido irreconociblemente, su cuerpo hinchado y calvo; a veces Hemda lo contempla con repulsión. El lago persiste, hablándole desde el recuerdo. Dice haber aguardado siglos, acumulando gota a gota, rama a rama, ala a ala, solo para presentarse ante ella una última vez. Hemda lucha contra su cuerpo destrozado, intentando alcanzar la ventana, pero la distancia parece infinita. La novela es un viaje a través de la memoria fragmentada de una mujer en el umbral de la muerte. Es una meditación sobre cómo el trauma se hereda, cómo las generaciones de mujeres cargan los pesos de sus madres.