En el kilómetro 56 de la carretera Madrid-Barcelona, Manuel Navarrete conduce a su hijo de dieciocho años al reformatorio. Mientras el Mercedes avanza silencioso, el abogado madrileño mira hacia Guadalajara para que nadie le vea llorar.
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En el kilómetro 56 de la carretera Madrid-Barcelona, Manuel Navarrete conduce a su hijo de dieciocho años al reformatorio. Mientras el Mercedes avanza silencioso, el abogado madrileño mira hacia Guadalajara para que nadie le vea llorar. En la cumbre del éxito profesional, construida en tres décadas de trabajo, la vida privada se derrumba: su único hijo varón ha golpeado a su madre durante las navidades, y no hay inversión ni despacho que remedie esta caída.
El viaje en silencio a lo largo de la carretera madrileña es el retrato de un naufragio. Manuel Navarrete, llamado Lolo el Maturrango, es un abogado de cincuenta y tres años que ha construido una vida de éxito improbable. Comenzó en los años de la posguerra, cuando litigaba en un despacho de la calle de la Luna defendiendo inquilinos frente a caseros despiadados, cuando la vida se medía en pleitos de renta a cuarenta duros mensuales. Luego descubrió el negocio de las casas de renta antigua, ese asunto que ahora domina su vida y le permite vivir en Casaquemada, compartiendo urbanización con ministros, manejándose en coches Mercedes con chófer.
Su secretaria Hortensia ha envejecido con él desde esos tiempos difíciles; ahora gana treinta y cinco mil pesetas, trabaja en un despacho enmoquetado de alfombras persas, rodeado de silencio acústico. Cada mañana, al llegar a las diez y media, enciende un puro habano sin tragar el humo, revisa sus mensajes, y la vida transcurre ordenada.
Pero en el hijo que ahora lleva al reformatorio, toda esa arquitectura se desmorona. El muchacho no entiende el código que su padre construyó: el trabajo incesante, la lealtad al dinero, la neutralidad política que le permitió prosperar después de que su propio padre fuera ejecutado en los campos durante la guerra. Cuando Manuel golpea a su madre en navidades, con toda la familia testigo, no hay despacho ni éxito que pueda remediar la caída.
Olaizola escribe sobre la brecha entre el hombre que aprendió a sobrevivir y el hijo que rechaza las reglas de esa supervivencia.