Estoy atravesando la carretera blanca que asciende hacia las montañas. Años después de aquella infancia febril, regreso al valle donde conocí a los Abel, donde unos niños morenos jugaban junto al río mientras yo, asustado, me quedaba solo…
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Estoy atravesando la carretera blanca que asciende hacia las montañas. Años después de aquella infancia febril, regreso al valle donde conocí a los Abel, donde unos niños morenos jugaban junto al río mientras yo, asustado, me quedaba solo en la pared de piedras. Ahora busco la casa que se alzaba al pie de las altas rocas. La necesidad de volver, de conocer la verdad de aquello que las sombras infantiles guardan, me ha traído de regreso a estas carreteras blancas que avanzan siempre hacia arriba.
La novela teje dos tiempos. En el primero, un niño enfermizo es llevado por su madre a pasar la convalecencia en un valle de montaña. Allí, durante una visita a la casa de los parientes Abel —casa cuadrada y maciza al pie de las altas rocas—, descubre a cuatro hermanos misteriosos que juegan junto al río con un lenguaje que él no logra comprender, como si hablaran un código cifrado. El encuentro es breve pero marca al pequeño con una inquietud que persiste.
Años después, ya adulto, el narrador regresa a ese mismo pueblo rural. Sin avisar a nadie, sin un plan claro, conduce por la carretera blanca que remonta las montañas. Busca la casa de los Abel, ahora deshabitada, para alquilarla. En el pueblecito encuentra a Lázaro, guardián de la propiedad, a Delia, una viuda que hospeda al médico rural Eloy, y a este último: un hombre de extraña energía, alcohólico, atrapado en un pueblo que prometió hospedarlo apenas unos días pero que lo ha retenido durante once años.
Entre los muros de la casa de la Delia, rodeado de niños hambrientos y animales, el narrador comienza a reconstruir lo que fue, a buscar significados en los fragmentos de memoria. La prosa alterna descripción lírica de la naturaleza con el diálogo lacónico y brutal de los personajes rurales, creando una atmósfera donde lo infantil y lo melancólico se trenzan sin resolución.