Un niño de seis años corre tras una rueda que imagina voladora en el patio de la casa de los rayos. Mientras su padre y el médico conversan sobre la muerte, Alonso construye su propia realidad.
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Un niño de seis años corre tras una rueda que imagina voladora en el patio de la casa de los rayos. Mientras su padre y el médico conversan sobre la muerte, Alonso construye su propia realidad. En Centenera, pueblo extremeño, transcurren vidas sumidas en la melancolía de un mundo que se desmorona. La novela abre con la rueda voladora, donde lo real y lo imaginado se entrelazan en la perspectiva infantil.
Un niño corre tras una rueda en el patio, al sol de febrero. Tiene seis años, se llama Alonso, y esa rueda —una pesada tapa de tonel— se ha convertido en su invento más preciado: la rueda voladora. Mientras la persigue, mientras imagina montarse en ella e ingresar en el aire, su brazo izquierdo escuece por la vacuna que acaba de recibir del médico don Ángel, quien ha viajado desde el pueblo mayor para vacunarle en persona. Alonso no lloró. Alonso nunca llora en las solemnidades; las protagoniza, heroico, cuando a otros les arrancan el llanto.
La casa de Alonso es la casa de los rayos, así la llaman: allí ha caído el rayo dos veces. Una noche penetró en la casa, la paseó de arriba abajo, salió por una ventana y mató a una mujer en la calle. Alonso espera cada tormenta de verano con la precisión de quien aguarda a un amigo.
Su padre es capitán, don Pedro. Su madre es Isabel. Su padre ha tallado un espadín de bejuco y le ha pintado una rueda que sigue dando vueltas en el patio. Son pocos los gestos de ternura que ha recibido de su padre: un beso sobre los labios enrubiecidos de tabaco, apenas. Jamás ha sentido su mano en castigo ni en cariño. Pero lo que su padre hace, lo hace con precisión de capitán.
Alonso es hijo único, llegó tarde en el matrimonio maduro de sus padres. Vive muy junto a los mayores, que le llevan muchos años. Mientras juega en el patio con su rueda voladora, mientras imagina los aviones que pasan de Madrid a Sevilla, escucha sin escuchar las conversaciones de los adultos: su padre y don Ángel hablan en voz baja de cosas que lo conciernen, aunque Alonso no lo sabe aún.
En el pueblo de Centenera transcurren vidas modeladas por la geografía, el agua y la enfermedad. Don Ángel lucha contra el paludismo que es, según dice, el alma del extremeño. Isabel, la madre, cambia constantemente el agua del filtro, preocupada por las gástricas. El pueblo tiene pozo, tiene charca, tiene eucaliptos plantados donde debería haber encinas. El pueblo tiene hambre, tiene historia, tiene un castillo donde se encierra don Guillermo, el último hidalgo, esperando entre los escudos de sus antepasados.
La novela comienza donde comienza la infancia: con luz y movimiento, con un niño que inventa, que transforma la realidad. Pero a través de las conversaciones de los adultos, se filtra una atmósfera de crisis, de melancolía, de un mundo que se desmorona lentamente. El padre dice: “Sólo eso tengo que salvar, pobre niño”. Y Alonso, absorto en su rueda voladora, no sabe que hablan de él, que su futuro es lo único que importa en esa época de profundos cambios.
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