Fede regresa a Zaragoza en los días previos al funeral de su hermano Gabi, un acontecimiento público que hace pública la vida de una familia alemana instalada en España hace más de un siglo.
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Fede regresa a Zaragoza en los días previos al funeral de su hermano Gabi, un acontecimiento público que hace pública la vida de una familia alemana instalada en España hace más de un siglo. Con una mochila pequeña y el aliento a currywurst, Fede se sumerge en la atmósfera de luto de una comunidad de exiliados, en el cementerio donde descansa su madre y donde pronto descansará él. Los recuerdos de infancia en los sábados de limpieza del cementerio, las conversaciones furtivas entre hermanos, y el encuentro con Berta Klein, la antigua amiga de Gabi que ahora es profesora en Múnich, reabren las grietas de una historia que trasciende lo personal para tocar lo colectivo.
Un hombre regresa a su ciudad tras años de ausencia. Fede vuelve a Zaragoza cuando su hermano Gabi fallece, y lo hace con poco más que la ropa que lleva: una mochila pequeña, una mancha de currywurst en el vaquero y el aliento agrio de quien ha viajado sin detenerse. Su hermana Eva lo espera en la puerta de la casa con los brazos cruzados, ni siquiera avanza un paso para saludarlo. Le dice que apesta y que deben hablar de los papeles de Gabi, que hay muchas cosas que firmar, decisiones que tomar. Zaragoza alberga a los Schuster desde hace más de un siglo, cuando cientos de alemanes procedentes de Camerún decidieron entregarse a las autoridades españolas en lugar de rendirse a los aliados en la Primera Guerra Mundial. Aquella fue la historia. A partir de ahí, la leyenda. La familia de Fede es parte de esa leyenda: su madre en el cementerio, su abuelo Pablo, su bisabuelo Hans, el primer Schuster. Sobre la puerta del cementerio donde duermen, solo se lee DEUTSCHER desde que los servicios municipales retiraron la segunda mitad del rótulo, FRIEDHOF, cuando sus letras amenazaban con caer sobre los paseantes. Los recuerdos de Fede son los de un niño que sigue a su hermano Gabi por los sábados de limpieza del cementerio. Gabi fumaba en las tumbas vacías, aquellas donde yacen las lápidas de los aviadores de la Legión Cóndor, hombres que murieron für Spaniens Freiheit, por la libertad de España, como dicen las inscripciones. Gabi se reía de eso, enfurecido, aplastaba las colillas sobre las letras, dejando un punteado de ceniza que aún permanece. Con Gabi estaba Berta Klein, una chica miope y amable que apenas hablaba pero cuya presencia lo explicaba todo. Dos adolescentes en un cementerio de nazis medio abandonado, discutiendo sobre la historia y la vergüenza. Ahora Berta es una profesora universitaria que reaparece en el cementerio para el funeral. Se ha enterado de la muerte de Gabi de la misma manera en que vivieron sus encuentros en la edad adulta: a través de mensajes, noticias, ese cariño muy raro de los amigos de infancia que nunca están realmente juntos. Ella le cuenta que pensaba en Gabi más de lo que creía. Fede reconoce en su voz ese fraseo dulce que recuerda. Es el comienzo de una novela sobre la memoria personal filtrada por la historia colectiva, sobre familias que cargan el peso del pasado alemán incluso desde el exilio en España, sobre hermanos que se hablan siempre en serio pero que nadie entiende, sobre cementerios que no cesan de crecer, sobre una comunidad de alemanes que debería haber desaparecido pero que persiste, obstinada, en suelo ibérico.