En el vestíbulo de una mansión de San Ángel, bajo la luz de un monumental candil, reposa el ataúd del doctor Casas. Años antes, en la esquina de Cedros e Insurgentes, dos niños de primaria comienzan una amistad que se prolongará hasta la…
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En el vestíbulo de una mansión de San Ángel, bajo la luz de un monumental candil, reposa el ataúd del doctor Casas. Años antes, en la esquina de Cedros e Insurgentes, dos niños de primaria comienzan una amistad que se prolongará hasta la universidad: el narrador y su tocayo Gonzalo. Esta novela recorre los orígenes del autor a través de la investigación de historias familiares olvidadas, de viajes, archivos desempolvados y testimonios de quienes vivieron convulsiones de amor, exilio y pérdida en el seno de una familia mexicana del siglo veinte.
En 1971, la muerte del doctor Gonzalo Casas reúne a dos amigos cuya amistad, forjada en la infancia, se ha ido enfriando con el tiempo. La mansión neocolonial californiana que alberga el velatorio es el mismo hogar donde décadas atrás comenzó la cercanía entre el narrador y su tocayo Gonzalo, compañeros de banca en la preparación para la Primera Comunión. Esa amistad transcurrió por años de escuela primaria, secundaria y preparatoria, cuando todavía compartían rutas de viajes en camión escolar y juegos organizados por el padre del niño Gonzalo. La universidad, con sus rumbos divergentes, los separó: uno hacia la investigación de las lenguas indígenas y los estudios literarios; el otro hacia la contabilidad y los negocios. El Movimiento estudiantil de 1968 profundizó las diferencias, mientras sus familias tomaban caminos cada vez más distantes. Pero la muerte, con su terrible claridad, trae de vuelta la pregunta sobre las vidas que pasamos junto a otras personas. El narrador decide entonces que ya no puede quedarse callado sobre los secretos enterrados de su familia. Después de publicar Tres lindas cubanas y El metal y la escoria, se siente obligado a volver a una tercera novela que indague más profundamente en los orígenes: en los documentos olvidados, los diarios profanados, las cartas nunca dirigidas a él, las fotografías amarillentas, los testimonios de quienes conocieron a abuelos, tíos y antepasados cuyas historias fueron podadas del árbol genealógico por razones de decoro familiar. Ésta es la historia de cómo la literatura se convierte en una herramienta para recuperar lo que la familia ha querido olvidar.