En Madrid, un escritor de éxito se prepara para viajar a Barcelona. Su esposa, ejecutiva de un banco, maneja cifras y decisiones en la Sala de Tesorería. Ambos viven en la comodidad pero sienten los límites de lo que han elegido ser.
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En Madrid, un escritor de éxito se prepara para viajar a Barcelona. Su esposa, ejecutiva de un banco, maneja cifras y decisiones en la Sala de Tesorería. Ambos viven en la comodidad pero sienten los límites de lo que han elegido ser. Cuba, en 2005, dormida bajo un régimen monolítico, guarda otras historias. Esta novela teje vidas en dos mundos: el de la ambición consumida y el de una isla en suspenso.
En la primavera de 2005, en el despacho de su abogado en Madrid, Alberto Rodríguez-Conde se prepara para un viaje. Tiene dos décadas de escritura a sus espaldas: novelas sobre justicia social, sobre la soledad del hombre, sobre la igualdad. Pero eso quedó atrás. Hace años, un grupo editorial barcelonés cambió su apellido por razones comerciales, transformó sus temas, redefinio su vida. Le ofrecieron ático, dinero, reconocimiento. A cambio, escribió aventuras, acción, personajes claros de buenos y malos.
Su esposa Sofía ha prosperado extraordinariamente. Trabaja en la Sala de Tesorería de un banco, el puesto vedado para las mujeres hace poco. Con más de metro ochenta, carácter afilado por competencia entre hombres, ella cierra posiciones, imparte órdenes, intimida. Tiene dos móviles, coche de empresa, dinero para gastos. Pero las jornadas duran doce horas. Los biberones pueden esperar; ella prefiere pensar en la paridad euro-dólar.
Entre Madrid y Barcelona, entre éxitos de ventas y porcentajes que crecen, la novela teje una trama que atraviesa el Atlántico. Cuba, 2005: país dormido bajo régimen monolítico. Ascensores que no funcionan, en suspenso, como la isla misma. Taxistas, empleados de seguridad, camareros, economistas pueblan La Habana con historias de supervivencia y complicidad con lo inevitable.
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