En Viena, 1955, el autor introduce al lector en el despacho espartano de Simón Wiesenthal, cazador de criminales de guerra nazis. A través de su encuentro y sus palabras, emerge el retrato de alguien obsesionado no por venganza, sino por…
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En Viena, 1955, el autor introduce al lector en el despacho espartano de Simón Wiesenthal, cazador de criminales de guerra nazis. A través de su encuentro y sus palabras, emerge el retrato de alguien obsesionado no por venganza, sino por impedir que la historia se repita. Wiesenthal, quien sobrevivió a más de una docena de campos de concentración, dedica su vida a perseguir a los SS que aún permanecen en libertad. El texto examina cómo un hombre marcado por la tragedia construye una agencia de documentación para preservar la memoria de las víctimas y garantizar que la justicia alcance incluso a los asesinos olvidados.
Una noche de 1955 en Viena, el autor sube a la oficina de Simón Wiesenthal en el Rudolfsplatz. El edificio es austero, reciente, húmedo. La puerta del cuarto piso lleva un letrero discreto: Centro de Documentación. Lo que espera dentro es el encuentro con un hombre que ha hecho de la persecución de criminales de guerra su vocación permanente.
Wiesenthal tiene la voz que prometía por teléfono: cálida, serena. Físicamente rechaza cualquier dramatismo. De cabeza calva y ojos reflexivos, podría confundirse con un comerciante próspero antes que con alguien dedicado a perseguir asesinos. Pero pronto el lector descubre la tensión disciplinada que subyace bajo su calma, la manera en que se balancea como marinero en alta mar, como si llevara un peso invisible en los hombros.
La oficina respira el mismo espartanismo que el resto del centro. En los ficheros y estantes de libros sobre la SS, Wiesenthal guarda historiales que van más allá de lo creíble. La mayoría de sus documentos tratan tragedias que la mayoría preferiría olvidar. Pero él no ha caído en la frialdad burocrática; con frecuencia sufre con sus víctimas, revive su propia tragedia al leer una carta o una declaración.
Entonces suena el teléfono. Una llamada de Nueva York. Al otro lado, un hombre y su hermano que vieron morir a su padre en Auschwitz en 1943. Ambos sobrevivieron, emigraron, triunfaron. Pero ahora, décadas después, el recuerdo tortura al sobreviviente. Lo despierta en pesadillas, lo devora la culpa. Wiesenthal, agotado, explica las dificultades: seis mil SS pasaron por Auschwitz; de ellos solo novecientos son conocidos.
El texto se adentra entonces en la reflexión de Wiesenthal sobre su propia motivación. ¿Por qué dedicarse a esto cuando podría haber reconstruido su vida como arquitecto en América? Al principio fue venganza. Tras cuatro años en doce campos de concentración, habiendo perdido a su madre, la ira lo consumía. Pero poco a poco esa rabia se disolvió. Comprendió algo que otros sobrevivientes no vieron: que olvidar permitiría que volviera a ocurrir.
La justicia, admite, nunca podrá ser suficiente. ¿Cómo castiga la ley terrena al asesino de un millón de niños? Lo que sí puede hacerse es erigir un monumento simbólico, advertencia para el futuro, garantía de que los crímenes no quedan en la sombra del olvido.
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