Un miércoles de noviembre de 2007 en Irún. Bixen sale de casa con su paraguas olvidado, despidiéndose de Leire con un beso rutinario. Ella le pide que compre pan integral.
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Un miércoles de noviembre de 2007 en Irún. Bixen sale de casa con su paraguas olvidado, despidiéndose de Leire con un beso rutinario. Ella le pide que compre pan integral. No saben que es la última mañana de una vida que está a punto de desaparecer. Horas más tarde, Leire recibe una llamada: su marido ha sido secuestrado. La voz al otro lado pronuncia tres palabras que lo cambiarán todo: «Hablo en nombre de ETA».
Un miércoles gris de noviembre de 2007 en Irún marca el inicio de una historia que transcurre entre actos ordinarios y violentos. La mañana comienza con Leire y Bixen en su cocina: ella con su pijama de cuadros, él preparándose para salir. Un momento aparentemente trivial, el gesto de limpiar las gafas empañadas, la petición de comprar pan integral. No imaginan que es la última vez que se verán en libertad.
Mientras Bixen camina bajo la lluvia por las calles de Irún, es abordado por dos hombres encapuchados. Lo empujan al maletero de un coche. Tor y Chus, dos militantes de ETA, lo transportan hacia un caserío. En paralelo, Roque, un miembro veterano de la organización, coordina la operación desde una gasolinera francesa, frustrado por las nuevas generaciones y sus métodos temerarios.
Leire, en su casa, prepara una cena especial. Limpia lechuga, elige una receta de una revista de cocina, espera a que Bixen regrese. El teléfono suena. Una voz masculina, seca y violenta, le comunica lo impensable: su marido ha sido secuestrado en una acción política de ETA. Le ordena no llamar a la policía hasta mañana. Las horas pasan. Bixen no llega. El silencio en la cocina se vuelve insoportable.
Mientras tanto, Ander, hijo de otro de los personajes, se esconde en el baño de su casa, enfrentándose a sus propios demonios: fantasías de autodestrucción disfrazadas de juegos de superhéroes. El niño se corta deliberadamente la muñeca, imaginando una zarpa de acero como la de personajes de cómic. Sus heridas son tanto físicas como emocionales, reflejo de un mundo que lo rodea con creciente hostilidad.
La novela entrelaza varias perspectivas en un contexto de violencia política. Cada personaje vive en su propia urgencia: la paranoia de los militantes, el terror súbito de una mujer cuyo marido desaparece, la angustia de un niño en la fantasía. El telón de fondo es el País Vasco de principios de siglo, marcado por la actividad de ETA. Lo que comienza como una mañana normal se convierte en un abismo de incertidumbre y miedo.