Un hombre de barba nunca se lava la cara. Su esposa, deformada por la maldad interior, lleva un bastón para golpear. Entre ambos despliega una guerra de venganzas cada vez más absurdas: ojos de cristal en cerveza, ranas nocturnas, gusanos…
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Un hombre de barba nunca se lava la cara. Su esposa, deformada por la maldad interior, lleva un bastón para golpear. Entre ambos despliega una guerra de venganzas cada vez más absurdas: ojos de cristal en cerveza, ranas nocturnas, gusanos en espaguetis, bastones que misteriosamente se alargan. La narrativa alterna entre el humor grosero y la descripción minuciosa de la suciedad y fealdad, tejiendo un relato donde cada broma vengativa escala hacia lo imposible.
Un hombre sucio nunca se lava la cara barbuda. Cuando bebe cerveza lentamente, formando espuma blanca en los pelos de su barba, su esposa introduce subrepticiamente su ojo de cristal en el fondo de la jarra. Así comienza la historia del señor y la señora Cretino, dos seres unidos por el matrimonio pero separados por una guerra constante de venganzas cada vez más absurdas.
El señor Cretino es un anciano cuya densa barba crece en forma de púas, jamás lavada desde hace años. Su cara alberga restos de comidas antiguas, desde salsa de tomate hasta escamas de pescado, formando una textura donde busca bocados ocasionales. Es un hombre sucio, maloliente y profundamente cruel.
La señora Cretino, sin barba, posee una fealdad que la narrativa vincula directamente con sus malas ideas. Cuanto más años transcurren llenos de pensamientos malvados, más fea se vuelve su cara. Lleva un bastón con el cual golpea perros, gatos y niños. Su ojo de cristal se convierte en arma: puede sacárselo y reponerlo, usándolo para trucos desagradables.
Entre ellos despliega una batalla progresiva de bromas cada vez más grotescas. Él coloca una rana en su cama, aterrizándola con historias sobre un gigante saltarín. Ella responde alimentándolo con gusanos disfrazados de espaguetis. Él, ingeniosamente, añade pequeños discos de madera cada noche al bastón y las patas de la silla de ella, convenciéndola de que está encogiendo por una enfermedad terrible.
El clímax llega cuando el señor Cretino la somete a un estiramiento con cien globos de colores atados a su cuerpo. Ella, aterrorizada, le pide que asegure mejor sus tobillos. Él, con sonrisa de vampiro, corta las cuerdas en cambio, dejándola elevarse hacia el cielo azul. Allá arriba, ella tiene una idea y comienza a mordisquear las cuerdas de los globos para intentar descender.