Un jefe de la mafia reza ante un altar clandestino y recibe la comunión. Durante más de ciento cincuenta años, la Iglesia católica convivió con las organizaciones criminales más violentas sin condenarlas públicamente, permitiendo que…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Un jefe de la mafia reza ante un altar clandestino y recibe la comunión. Durante más de ciento cincuenta años, la Iglesia católica convivió con las organizaciones criminales más violentas sin condenarlas públicamente, permitiendo que asesinos se sintieran ovejas descarriadas merecedoras de redención. Este ensayo indaga cómo fue posible esta coexistencia a través de complicidades históricas, doctrinales y culturales que hicieron que el evangelio no entrara en conflicto con el código criminal.
Dentro de las guaridas de los más grandes capos, junto a armas y dinero, había biblias, estampas de santos y altares donde celebraban la misa. Los mafiosos de Sicilia, Nápoles y Calabria no experimentaban contradicción alguna entre disparar y matar, invocando a Dios. La Iglesia católica les concedía los sacramentos, los acogía en las procesiones, bendecía sus bodas y funerales. Durante más de ciento cincuenta años mantuvo un silencio que, lejos de ser neutral, legitimó a través de su indiferencia la actuación de asesinos organizados.
Este libro responde por qué la Iglesia no combatió a las mafias como enemigo ideológico. La respuesta requiere recorrer la historia de la Iglesia meridional, comprender una teología moral que se mostró severa con el pecado pero indulgente con el pecador, y reconocer cómo la institución compartió los compromisos de las clases dirigentes locales. No fue solo miedo o cobardía, sino la propia estructura doctrinal la que permitió que los criminales se sintieran privilegiados, protegidos por una lógica de redención sin reparación.
Las mafias no nacen del azar: son producto de una educación, de valores transmitidos en familias y comunidades profundamente marcadas por la cultura católica. Una religión antiviolenta sirvió de sello y justificación a bandas de asesinos. Cambiar esta realidad requiere que la Iglesia reconozca su responsabilidad histórica y haga de la criminalidad mafiosa un enemigo moral, con el peso de su pastoral y su ejemplo.