Link Denham despierta flotando sin peso en una pequeña cabina de nave espacial, sin recordar cómo llegó allí. Minutos antes dormía en tierra, saciado por una noche de fiesta y algarada.
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Link Denham despierta flotando sin peso en una pequeña cabina de nave espacial, sin recordar cómo llegó allí. Minutos antes dormía en tierra, saciado por una noche de fiesta y algarada. Ahora se encuentra a bordo del Glamorgan, una vetusta nave de carga, contratado como astrogador por un pequeño empresario llamado Thistlethwaite. Lo que debería ser un simple acuerdo borracho se convierte en una fuga precipitada del planeta Trent, donde Link acumula cargos criminales por sus excesos. Entre motores defectuosos y filtraciones de aire, ambos personajes navegan hacia un destino cuya verdadera naturaleza aún desconocen, perseguidos no solo por la ley sino por las consecuencias de sus propias decisiones.
Link Denham abre los ojos flotando en el aire de una pequeña cabina espacial, sin gravedad, sin explicación. Hace apenas horas se entregaba al disfrute tras meses extenuantes buscando carintos en Glaeth, el planeta que lo enriqueció con aquellos cristales rosados. Pero la paz de la noche anterior —una velada de conversación, bebida y tumulto contra los policías del espaciopuerto de Trent— se disuelve ante la realidad ineludible: está a bordo de una nave.
Su compañero es Thistlethwaite, un hombrecillo patilludo que le aguarda en la sala de control. En la borrachera de anoche, Link firmó un contrato. Se comprometió a trabajar como astrogador del Glamorgan, una nave destartalada, vieja de verdad, casi un cascajo. Thistlethwaite es el propietario de esa nave chatarra y de una ambición que no concuerda con su aspecto: quiere hacer fortuna transportando una carga misteriosa a un planeta remoto, donde espera obtener beneficios desmesurados.
Lo que comienza como un acuerdo ebrio se precipita en una fuga. Los policías de Trent iban a embargar el Glamorgan por las deudas de puerto. Link, en su generoso estado de embriaguez la noche anterior, decidió pelearse con varios agentes. Ahora acumula cargos: riñas, incendio de un camión policial. Despegar se vuelve imperativo. Despegan de emergencia, sin permiso oficial, con cohetes de emergencia que incendian la pista de aterrizaje.
Ahora navegan en el espacio, sin gravedad, sin un destino claro aún —aunque Link pronto lo sabrá—, con una nave que sufre averías: filtración de aire, motores defectuosos, tripulación reducida a estos dos personajes. Thistlethwaite confía en que Link, supuesto experto astrogador, sepa conducirlos. Lo que Thistlethwaite no sabe, aún, es que Link fue expulsado de la Academia Espacial Mercante. Pero Link conoce lo suficiente. Y tiene poco que perder: dieciocho años de cárcel lo aguardan si regresa.
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