Hacia 1841, el ruido de la primera máquina de vapor en una imprenta porteña marcó un quiebre: acababa la era artesanal. Este libro traza la historia de cómo Argentina pasó de aquellas prensas a tornillo a la conformación de una verdadera…
Descargar
Hacia 1841, el ruido de la primera máquina de vapor en una imprenta porteña marcó un quiebre: acababa la era artesanal. Este libro traza la historia de cómo Argentina pasó de aquellas prensas a tornillo a la conformación de una verdadera industria editorial, y examina críticamente la emergencia del editor como profesión diferenciada. A través de ese recorrido, el autor desentraña cómo la cultura se industrializó, cómo los impresores devinieron en editores, y cómo la gestión editorial dejó de ser un oficio accidental para convertirse en una tarea específica, con sus propios riesgos y contradicciones.
Una reflexión sobre los libros y la industria editorial requiere primero mirar las máquinas. Cuando en octubre de 1841 La Gaceta Mercantil rodó desde las prensas a vapor de un taller porteño, Argentina cerró un ciclo. Las prensas a tornillo, que apenas permitían tiradas de cincuenta o cien libros con enorme esfuerzo, cedían paso a una tecnología que hacía posible la producción en escala. Pero tecnología no es industria, y máquinas no son maestría: faltaba aún la figura del editor como profesión específica.
Este libro es un ejercicio de comprensión sobre esa transformación. Rastreando desde los primeros impresos de 1700, el autor mapea cómo Argentina transitó desde la imprenta artesanal hasta la configuración de una verdadera empresa editorial. En ese camino aparecen los impresores como Casavalle y Kraft, que hacían libros de manera esporádica; los libreros que de repente se volvían editores por vínculos personales con autores; y finalmente, con José Ingenieros y Severo Vaccaro, el surgimiento de una editorial pensada como empresa de programa, no como negocio de ocasión.
La Cultura Argentina, lanzada en 1914, fue ese momento en que la editorial argentina se pensó a sí misma: no como imprenta ni como librería, sino como gestor de una propuesta cultural coherente, responsable ante sus libros y sus lectores. El editor emerge entonces como figura única, diferenciada: ni fabricante ni vendedor, sino quien asume el riesgo financiero de convocar, seleccionar, difundir ideas.
Pero el análisis del autor es también una crítica. Ve en la industrialización de la cultura una enfermedad social: la neurosis del lector que vive para leer en lugar de leer para vivir. Examina cómo los intereses comerciales, los prestigios heredados, las convenciones de grupo enmarañadas desplazan la búsqueda de autenticidad intelectual. Su proximidad al oficio editorial le permite nombrar sin eufemismos cómo prospera la mixtificación, cómo se vende por cultura lo que es mera mercancía disfrazada.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.