Una mujer observa diecisiete moretones en sus piernas, manchas indoloras que aparecen sin causa aparente. Su cuerpo habla lo que ella no puede decir: la presencia de estrés emocional, de depresión.
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Una mujer observa diecisiete moretones en sus piernas, manchas indoloras que aparecen sin causa aparente. Su cuerpo habla lo que ella no puede decir: la presencia de estrés emocional, de depresión. Los estigmas son su forma de comunicación silenciosa. El relato retrocede a veranos de los años ochenta, cuando la narradora pasaba tiempo en una casa de playa cerca de Lima. Allí descubría que el arte era su único amigo, y que las caras que trazaba siempre lloraban. Una vida marcada por la muerte de su padre y la envidia de otros niños. Los años noventa la ven obsesionada con pintar manos enormes y ojos inquietantes. Un recorrido por cómo el cuerpo se convierte en lienzo de traumas psicológicos.
En el prólogo de esta obra, una mujer toma nota de sus moretones: diecisiete hematomas indoloros que salpican sus piernas, del tamaño y color de lesiones que no causaron golpe alguno. Algunos son pequeños y verdosos, otros marrones alrededor de la rodilla, uno enorme en la pantorrilla que cambia de color conforme pasa el tiempo, del morado café al amarillento. Estos estigmas no son accidentales; son la forma en que su cuerpo insiste en comunicar lo que ella no puede expresar con palabras: la presencia de estrés emocional, de depresión. Aparecen sin aviso, especialmente en sus extremidades inferiores, en respuesta a estados psicológicos que la medicina y los especialistas no pueden explicar del todo.
El relato desciende entonces a la infancia, a los veranos de los años ochenta cuando la familia viajaba a una casa de playa a noventa kilómetros al sur de Lima. Esos viajes con primos, en autos abarrotados, construyen el paisaje primario de una niña que prefería no nadar en el mar sino buscar rostros en las nubes y figuras en la arena. Su compañía verdadera era la del arte: los bloques de dibujo, las témperas, los lápices de color. Dibujaba personas con cabezas enormes y cuerpos diminutos, rostros gigantescos con lágrimas desmesuradas. Sus dibujos lloraban antes de que ella entendiera por qué.
Su padre, pintor también, había muerto. Esa ausencia se filtra a lo largo de toda su infancia, no nombrada explícitamente sino presente como una sombra. Su madre, viuda con tres hijos, era la única sin pareja entre sus amigas de la playa. Los especialistas diagnosticaban: es la muerte del padre la que causa estos dibujos lacrimógenos. Es el duelo lo que lo explica todo.
En la escuela, la niña experimenta los primeros crímenes: sus crayolas nuevas de Miami, robadas en el recreo; sus dulces, secuestrados durante la lonchera. La envidia, descubre, empieza tan temprano como los celos artísticos y los instintos delictivos. En las páginas de la obra conviven memorias fragmentarias con reflexiones sobre el cuerpo que no se protege, que baja la cabeza asustada ante invasores.
Los años noventa la encuentran ante el lienzo, obsesionada con pintar manos enormes que ocupan la mitad del espacio, manos que sostienen un ojo, obras que rezuman el olor fuerte del aguarrás. El arte se convierte en la única vía para expresar lo que el cuerpo marca con moretones que nadie más puede ver.
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