Un forastero llega al pueblo fronterizo de Slaton en el Llano Estacado, donde convocan una asamblea para ofrecer recompensa por un bandido llamado «Dos Pistolas».
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Un forastero llega al pueblo fronterizo de Slaton en el Llano Estacado, donde convocan una asamblea para ofrecer recompensa por un bandido llamado «Dos Pistolas». En un acto de revelación violenta, el misterioso viajero dispara contra el presidente de la reunión, exponiendo una conspiración que lo convierte todo en caos. La novela despliega un oeste de intriga y traición donde la justicia oficial apenas es un disfraz para los delitos.
En las tierras fronterizas de Texas, donde el Llano Estacado se extiende desolado y árido, prospera el pueblo de Slaton como punto inevitable de paso. Un jinete de veinticuatro años, de rostro anguloso y mirada gris penetrante, desciende desde una loma al atardecer, observando el poblado antes de entrar. Su viaje no es azaroso: en su memoria lleva grabados nombres de individuos que operan en la región, en particular el de James Yacolt, figura respetada aunque cubierta de historias turbias.
Dentro del salón de Jerry, Yacolt preside una asamblea de hombres armados, ostentando autoridad como presidente de la Hermandad de Seguridad. Su discurso es limpio, patriótico: ofrece recompensa por la captura de Bill Roock, «Dos Pistolas», un bandido que ha asaltado a mineros y traficantes en el Llano. Presenta a un viajero supuestamente robado, Oliver Guards, cuya valiosa carga de oro y piedras preciosas desapareció en manos de esos salteadores. La justicia parece estar de su lado, la moral de su parte.
Cuando el forastero habla y se ofrece a capturar a Roock por una suma mayor, la negociación parece protocolar. Pero entonces dispara. Dos balas atraviesan el papel que Yacolt sostiene, clavándose en su rostro. En el caos que estalla, el forastero revela ser Bill Roock, «Dos Pistolas» en persona, y acusa a Yacolt de ser el verdadero jefe de los estafadores, el organizador de los robos, quien usaba su posición respetable como cobertura. La asamblea que perseguía a un criminal descubre que el criminal presidía desde el estrado.
Lo que sigue es violencia pura: tiroteos, fuego, persecución a caballo hacia el desierto. El forastero escapa dejando tras sí la verdad desnuda: que la justicia en esas tierras salvajes no es lo que parece, y que los mayores delitos se cometen a menudo desde posiciones de poder legítimo.
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