En la sala oscura de un refectorio convertido en tribunal, el capitán Cockin preside un juicio burlesco contra uno de sus filibusteros acusado de cobardía.
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En la sala oscura de un refectorio convertido en tribunal, el capitán Cockin preside un juicio burlesco contra uno de sus filibusteros acusado de cobardía. Con puñales clavados en sus esquinas, un pabellón negro de calavera y huesos cuelga sobre la mesa. Los capitanes juegan a imitadores de justicia: un fiscal teatral acusa en términos grotescos, mientras el juez condenará a muerte por razones tan absurdas como tener «cara de ahorcado» o simplemente porque le entra hambre. Esta farsa legal es el escenario donde Chester Tramp, un ex oficial naval convertido en líder filibustero de moral inquebrantable, llega para forjar una alianza con los piratas más despiadados del Caribe.
El capitán Robert Cockin preside un tribunal pirata donde simula juzgar a un marinero acusado de cobardía durante una tormenta. La escena mezcla la parodia grotesca de la justicia formal con la brutalidad desinhibida de los filibusteros: alguaciles improvisados empuñan palancas de hierro en lugar de varas, el fiscal acusa con argucias ridículas, y el presidente-juez condenará sin permitir defensa alguna, esgrimiendo razones tan delirantes como que el reo tiene cara de ahorcado o que el hambre lo aqueja. Cockin busca impresionar al visitante con su respeto a «la ley», aunque su parodia sea apenas un disfraz burlón de su poder absoluto.
Ese visitante es Chester Tramp, ex oficial de la Marina Real británica expulsado por haber ejecutado a un contramaestre por beber brandy en servicio. Convencido de que la disciplina rigurosa es la única vía a la prosperidad, Tramp adoptó la filibustería como profesión noble, rehusándose a la venalidad que caracteriza a piratas y corsarios. A bordo de su ágil velero Resistance y una flota de cinco goletas, ha impuesto normas que chocan radicalmente con la naturaleza de sus hombres: prohíbe el alcohol, veda las mujeres, cancela el juego y apaga todas las luces a las ocho de la noche. Su única concesión es el té y su única debilidad declarada, la determinación de no caer prisionero vivo. Aunque su carácter austero desagrada, su inteligencia táctica y la promesa de fortuna sin derroche lo han convertido en una figura temida en el Caribe. Cuando desembarca en Saint Kitts con sus capitanes menores, lo hace para aliarse con Cockin y Bratt, unificando las fuerzas filibusteras bajo un liderazgo que mezcla la moral rígida de un caballero con los instintos despiadados de un bandido.
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