Jacintito el Chivatón, un sicario que creía haber cerrado ese capítulo, es convocado a una última misión. En los muros altos de Zihuatanejo debe cobrar una deuda y ejecutar a quien ya no puede vivir entre ellos.
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Jacintito el Chivatón, un sicario que creía haber cerrado ese capítulo, es convocado a una última misión. En los muros altos de Zihuatanejo debe cobrar una deuda y ejecutar a quien ya no puede vivir entre ellos. Una novela sobre el peso irremediable del pasado y la imposibilidad de escapar de lo que fuimos.
Lluvia sucia cae sobre la ciudad mientras Jacintito el Chivatón recibe el encargo de don Jorge Illescas. Los papeles están listos: direcciones, fotografías, información del objetivo. No vuelveré, se había jurado años atrás, pero nadie dice que no a el gran hombre.
Zihuatanejo. Una casa en lo alto del cerro, con muros y cámaras. Antoñito Sepúlveda vive allí con sus rutinas predecibles: pesca al amanecer en una lancha blanca, come a horas fijas, regresa antes del anochecer. Vive como quien sabe que espera algo inevitable.
Jacintito llega acompañado por Osvaldo Vargas, su colega de operaciones. Desde una casa alquilada, vigilan. Las noches junto a la piscina se llenan de conversaciones sobre tiroteos en La Mesa, sótanos en Playas de Rosarito, historias que pesan como polvo en el corazón. Osvaldo brinda con cerveza, burlón, preguntándose si Jacintito encontró alguna vez ese botón para hacer desaparecer el dolor. Jacintito vive en el silencio de un cristal, incapaz de sentir, como si su reloj se hubiera detenido años atrás.
La novela despliega un mundo donde las deudas nunca se saldan, donde el crimen organizado consume a sus propios hombres, donde la única salida parece ser la muerte. Entre la planeación meticulosa del asesinato y los recuerdos de una mujer que lo hirió, Ginés Sánchez teje una historia de violencia cotidiana, lealtades imposibles y la búsqueda inútil de redención.
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