Jesús vive en automático, consumido por la anhedonia. Sus días son idénticos: el mismo beso distante de despedida, el mismo café preparado, la misma falta de razón para levantarse. Nada lo mueve.
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Jesús vive en automático, consumido por la anhedonia. Sus días son idénticos: el mismo beso distante de despedida, el mismo café preparado, la misma falta de razón para levantarse. Nada lo mueve. Pero en el autobús hacia el trabajo, un colibrí cobra vida en el cabello de una desconocida y lo mira a los ojos. A partir de ese momento, Jesús despierta. Comienza a sentir nuevamente, a cuidar, a interactuar. El pequeño pájaro que llamará Ale se convierte en el puente entre la vida y la inercia.
Desde la cama, Jesús escucha a Coral prepararse para partir. Sus palabras son rituales vacíos: ‘Ya me voy, nos vemos en la noche’. No hay frustración ni esperanza, solo la inercia de quien ha sido diagnosticado con anhedonia, esa incapacidad brutal de sentir placer o interés en nada.
Sus días se disuelven en automatismo. Despierta con el pronóstico del tiempo, prepara un sándwich, toma café en silencio, se ducha sin mirarse al espejo. Trabajo en Villa y Compañía, compañeros que evita, indiferencia que lo envuelve como niebla. El único respiro: la consulta mensual con su psiquiatra, las únicas conversaciones verdaderas de su vida.
No recuerda que Coral lo despertaba con cosquillas, ni aquellas mañanas en que reían juntos. No recuerda casi nada de los primeros dos años de matrimonio. Hace tres años sucedió algo que lo fragmentó, algo que no se menciona pero que lo explica todo.
En el autobús hacia la oficina, algo cambia. Una mujer desconocida lleva un prendedor: un colibrí bellamente elaborado en tonalidades azules, verdes y amarillos. Jesús lo observa fijo. El colibrí parpadea. Luego, sin razón aparente, cobra vida, bate sus alas diminutas, se posiciona frente a sus ojos y lo mira. ¿Es imaginación? Hace tanto que no distingue la realidad de la ilusión que poco importa.
Lo que sí importa es que, por primera vez en años, Jesús siente inquietud. Cuando el colibrí lo sigue hacia el edificio, experimenta una sensación olvidada: la angustia de proteger a otro ser. En la recepción, encuentra miel, improvisa un recipiente, le pone nombre: Ale. Y así, mientras alimenta al pequeño pájaro, Jesús comienza a despertar. Su mirada vuelve del suelo al horizonte. Su voz, dormida, vuelve a hablar. Algo que parecía irremediablemente perdido empieza a regresar.
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