En un cementerio de Hegroz en 1948, un guardabosques es enterrado sin honores mientras unos chicos arrojan piedras a su ataúd. Gerardo Corvo, último heredero de una familia rica, lo observa en silencio.
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En un cementerio de Hegroz en 1948, un guardabosques es enterrado sin honores mientras unos chicos arrojan piedras a su ataúd. Gerardo Corvo, último heredero de una familia rica, lo observa en silencio. Los Corvo fueron dueños de estas tierras cuando un antepasado emigró a América y se enriqueció. Ahora, Gerardo vive solo en La Encrucijada, su casa, habitado por el recuerdo de su hermano Elías y su hijo Daniel. El vino y la tristeza lo consumen mientras Hegroz lo sigue con la mirada de quien odiaba su esplendor.
Un funeral sin honores abre esta novela: en Hegroz, pequeño valle entre montañas, un guardabosques muere cuando falla su arma durante una batida de lobos. Solo el viejo Gerardo Corvo y unos chicos lo acompañan al cementerio. El pueblo continúa, como lo ha hecho durante siglos, con la pesada carga de su historia. Hegroz fue tierras del Duque durante generaciones: un nombre más que un hombre, presente solo en el retablo de la iglesia. Sus gentes trabajaban tierra ajena, no podían disfrutar de los bosques de sus vertientes, rendían tributo a un señor que nunca llegó. Cuando el poder del Duque se disipó, las tierras pasaron a manos de los Corvo, una familia que emigró a América, regresó enriquecida y se convirtió en dueña absoluta del pueblo circundante. Ahora Gerardo Corvo es lo que queda de ese esplendor. Vive en La Encrucijada, la casa que su familia construyó junto a los bosques de Neva, junto al río que una vez reflejaba su poder. La ruina ha llegado. Su esposa Margarita, hermosa en sus retratos oscurecidos, ha muerto. Su hermano Elías y el hijo de este, Daniel, también han desaparecido. La casa se desmorona, vaciada de habitantes y de grandeza. Gerardo se consume en el vino y en el recuerdo. Recuerda los veranos cuando los Corvo llegaban en caravana, caballos brillantes, ropa fina, el piano despertando al atardecer. Recuerda a Elías, su medio hermano mayor, culto y refinado. Recuerda a Magdalena, mujer de Elías, cuyos orígenes desconocidos en La Habana marcaron su vida y la de su hijo Daniel. Recuerda la voz cálida de Magdalena reverberando en las noches de La Encrucijada. Todo eso ha quedado atrás, disuelto en la indiferencia del tiempo. Mientras Gerardo deambula por la pradera, con el peso inútil de sus años, Hegroz lo observa con la misma mirada sombría que vio llegar a sus antepasados ricos. Los campesinos, los jornaleros, los desposeídos que vivieron bajo la tiranía del Duque y luego bajo la opulencia de los Corvo, esperan. La historia de una familia cuyo esplendor fue breve como el de los bosques que amaban, donde ahora solo quedan silencio, ruinas y la memoria de lo que fue.
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