En una escuela privada de Nueva Inglaterra, James Watson se acomoda a contraganas en su nuevo mundo como becario de rugby, rechazando el lugar que no pidió.
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En una escuela privada de Nueva Inglaterra, James Watson se acomoda a contraganas en su nuevo mundo como becario de rugby, rechazando el lugar que no pidió. Cuando encuentra a Charlotte Holmes en el patio, descendiente de la famosa familia de detectives, surge un encuentro que trasciende el azar. Una novela que reimagina la clásica amistad entre Watson y Holmes en la era moderna.
A medianoche en el dormitorio de Sherringford, con el hombro dislocado por un maul fallido, James Watson descubre que la beca de rugby que le permitía escapar de Connecticut no compra la felicidad. Llegó aquí porque era el mejor jugador del colegio anterior, cuando se lanzó al campo por Rose Milton, e inadvertidamente impresionó al director deportivo. Ahora odia el rugby, odia Sherringford, odia la pequeña ciudad sin curry decente y odia a sus compañeros de equipo con sus cuellos de toro.
Lo único que lo mantiene cuerdo es la idea de que podría hacer al menos una amiga en este deprimente lugar. Todo cambia cuando, en una fiesta clandestina en el sótano de Lawrence Hall, ve a Charlotte Holmes por primera vez: un ser extraño, hermosa de la forma en que un cuchillo refleja la luz. Ella es de Londres como él, habla con ese acento que despierta su nostalgia, y está ganando dinero en una partida de póker con la desenvoltura de alguien que vive en un mundo distinto al de los demás estudiantes.
Cuando más tarde se cruza con ella en el patio, ambos ejecutan ese horrible baile de «tú primero» antes de que Watson se atreva a presentarse. Charlotte lo analiza como si ofreciera un pez o una granada explosiva. Su cabello negro cae hasta los hombros, su uniforme está impecablemente planchado, huele a jabón, no a perfume. Sus ojos grises son incoloros pero capaces de ver demasiado.
Los rumores sobre Charlotte vuelan entre las estudiantes: ganó quinientos dólares en una noche, su madre es una duquesa, su familia está forrada, practica drogas. Pero Watson sabe la verdad más profunda: es una Holmes de verdad. A los diez años ayudó a la policía a recuperar diamantes valorados en tres millones de libras. Fue enviada a América no como premio, sino como exilio.
En esta reinterpretación moderna de la clásica amistad entre detectives y narradores, dos jóvenes vinculados por un legado familiar que no pidieron pero no pueden ignorar se encuentran en el lugar menos esperado, cada uno buscando algo que quizá solo el otro puede proporcionar.
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