En Tucumán, un joven sacerdote llamado José María del Campo abre las puertas de su curato a perseguidos políticos y víctimas de la tiranía. Su generosidad lo convierte en referente moral de la provincia.
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En Tucumán, un joven sacerdote llamado José María del Campo abre las puertas de su curato a perseguidos políticos y víctimas de la tiranía. Su generosidad lo convierte en referente moral de la provincia. Pero cuando su fe en la libertad se ve amenazada, del Campo abandona la sotana por la espada. Se pone al frente de tropas revolucionarias, mostrando en la batalla el valor que predicaba desde el púlpito, aunque la traición tiene otros planes para él.
Durante los años de turbulencia política que siguieron a la caída de Rosas, en la provincia de Tucumán surge la figura del cura José María del Campo, un sacerdote que transformaría el rol de la iglesia en un territorio convulsionado por la persecución y el asesinato político. Educado bajo la guía del franciscano Padre Quintana, del Campo llega a su curato de Santa Cruz con una sola convicción: que la misericordia cristiana debía ser un escudo para los desvalidos.
Su curato se convierte en refugio. Allí acuden los perseguidos que huyen de la venganza federal, las familias arruinadas por la rapacidad de los gobiernos, los miserables que no tienen otro lugar donde recurrir. Del Campo reparte sus bienes sin hesitación, tiende su mano generosa a todos. Su fama crece de departamento en departamento hasta que se convierte en figura central de una red de resistencia silenciosa contra la tiranía.
Cuando los liberales tucumanos descubren en el sacerdote la autoridad moral que necesitan, comienzan a impulsar una revolución. Del Campo resiste al principio, temeroso del derramamiento de sangre, pero finalmente se convence de que el momento ha llegado. Desde su curato organiza el levantamiento que derroca al gobernador. Apenas triunfa, se retira a la tranquilidad de su ministerio.
Pero Gutiérrez regresa con fuerzas renovadas. Del Campo, rechazando el destierro de su conciencia, huye hacia Santiago del Estero para preparar una contraofensiva. En poco tiempo reúne más de mil hombres que creen en él ciegamente. Entonces sucede lo que nunca imaginaría: el sacerdote se pone al frente de la vanguardia, abandona la cruz para empuñar la espada. En el Río Colorado, frente a la artillería enemiga, el cura carga a caballo gritando a sus tropas que arrebaten las piezas al adversario. Su valor es contagioso, sus hombres lo siguen sin dudas. Pero en la confusión de la batalla, la traición germina silenciosamente.