En el camino fangoso hacia Cañada, un oficial joven se cruza con el padre Periñón, un sacerdote singular que cultiva vides en su pueblecito remoto.
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En el camino fangoso hacia Cañada, un oficial joven se cruza con el padre Periñón, un sacerdote singular que cultiva vides en su pueblecito remoto. Antes de llegar, un licenciado escribano le susurra un secreto en la oscuridad: la región hierve de resentimiento criollo, y hace apenas un año una conspiración por la independencia fue sofocada con severidad. Sus promotores pudren en la cárcel de San Juan de Ulúa. En la casa de los Aquino, el corregidor y su esposa lo reciben con una cortesía que esconde tensiones profundas.
En Nueva España, en los umbrales del siglo diecinueve, un joven oficial de dragones llamado Matías Chandón viaja hacia Cañada para participar en una prueba de oposición por un puesto militar. Su viaje lo conecta con personajes que encarnan los conflictos políticos de la época. En el camino fangoso se cruza con el padre Periñón, un sacerdote de vida poco ortodoxa que cultiva vides y gusanos de seda en un pueblo olvidado. La vida de Periñón revela un patrón de fracasos: ganó una beca para estudiar en Salamanca pero nunca llegó a la universidad; en cambio viajó por Europa, jugó en los barcos, perdió fortuna y regresó deshonrado. En la mesón donde se detiene la diligencia, Matías comparte cuarto con dos sacerdotes y un licenciado escribano. Aquella noche, el licenciado revela la verdadera naturaleza de la región: Cañada es un nido de víboras poblado de criollos resentidos, postergados por la Corona. Apenas un año atrás, una conspiración de cinco militares criollos y tres sacerdotes fue descubierta cuando uno delató a los otros. La rebelión pretendía proclamar la independencia, abolir los tributos y confiscar los bienes de los españoles. Los conjurados fueron juzgados en secreto; las sentencias fueron severas, todos pudren en San Juan de Ulúa. Cuando Matías llega a Cañada lo recibe el cochero de los Aquino. Diego es el corregidor, hombre alto y delgado sin vitalidad aparente. Su esposa Carmelita es radiante, con ojos que observan cada detalle. La casa de La Loma es un palacio: suelos de mármol, tapices flamencos, cristalería refinada. Carmelita domina la conversación, relatando los sufrimientos de indios forzados a trabajar en telares de propiedad española. Su marido agrega que los dueños son españoles. Hay en sus palabras amargura apenas contenida, crítica velada al orden colonial. La novela se construye sobre la intersección de vidas conectadas por un hilo de tensión política: Periñón en su soledad rural, el licenciado que vigila desde las sombras, los Aquino viviendo en elegancia pero respirando descontento, y Matías, quien llega ingenuo, sin comprender que pisa un terreno de grietas peligrosas.
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