Tarde de sábado en Fráncfort. En una casa junto al Jardín de las Palmeras, el cónsul Voss aguarda en su despacho consular. Llega el ingeniero Nyström, nervioso, portando una cartera con sus preciados planos de un rifle de carga automática.
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Tarde de sábado en Fráncfort. En una casa junto al Jardín de las Palmeras, el cónsul Voss aguarda en su despacho consular. Llega el ingeniero Nyström, nervioso, portando una cartera con sus preciados planos de un rifle de carga automática. Sigue una jornada de intriga donde confluyen diplomáticos, inventores y la persistente amenaza de espías. Los planos de Nyström, objeto de múltiples intentos de robo, son los protagonistas mudos de negociaciones que entrelazan ambición, patriotismo y desconfianza entre naciones.
Tarde de un sábado de septiembre en Fráncfort, junto al Jardín de las Palmeras. En una casa moderna de dos pisos, el cónsul William Voss ocupa la planta baja, donde ejerce honorariamente como representante diplomático de su nación. Esta tarde recibe la visita del ingeniero sueco Nyström, quien acude profundamente nervioso, sujetando celosamente una cartera que contiene los planos de su más preciado y perseguido invento: un rifle de carga automática revolucionario.
Nyström ha vivido meses de angustia constante. Agentes de naciones rivales han intentado robárselo por astucia y por la fuerza bruta. Ha llegado incluso a contratar a un detective privado, el señor Taussig, quien ha frustrado varios complots cuidadosamente orquestados. Hoy, finalmente, llega el momento de cerrar el trato definitivo con su gobierno: la venta de su invento al Ministerio de la Guerra de su país.
El cónsul ha convocado una reunión solemne en el consulado, lugar que considera seguro de espías y escuchas diplomáticas. Ha despedido a todo el personal de oficinas. Han llegado el plenipotenciario Norrland, encargado de formalizar la compra, y el doctor Ringstedt, perito técnico que debe validar el invento antes de la firma del contrato. Entre ellos exponen el revolucionario sistema que dispara proyectiles y automatiza la recarga mediante la expansión del gas, liberando al tirador de manipulaciones manuales.
Mientras explican el rifle, cobran vida debates técnicos profundos: la velocidad de disparo triplicada, la precisión mejorada, la libertad del combatiente respecto de movimientos que lo exponían al fuego enemigo. Pero también emergen objeciones incómodas: el derroche inevitable de municiones, la falta de disciplina que podría agotar rápidamente los suministros. Nyström defiende su creación con pasión de inventor incomprendido.
En esa atmósfera cargada de desconfianza mutua y rivalidades internacionales, la verdadera negociación transcurre en susurros entre diplomáticos. Los papeles representan mucho más que un contrato comercial: encarnan la supremacía militar de una nación, el reconocimiento de un genio inventor.
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