Koja, un sacerdote khazari de los templos orientales, llega tras tres semanas de cabalgata a Quaraband, la capital nómada de los tuiganos. Allí encuentra no murallas de piedra, sino miles de yurtas de fieltro dispersas en un valle donde un…
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Koja, un sacerdote khazari de los templos orientales, llega tras tres semanas de cabalgata a Quaraband, la capital nómada de los tuiganos. Allí encuentra no murallas de piedra, sino miles de yurtas de fieltro dispersas en un valle donde un joven emperador ha alojado su corte y tramado demandas de conquista global. Un enfrentamiento sobre tradiciones religiosas lo enfrenta con los guardianes del kan antes de acceder a la presencia de Yamun Khahan, cuyo magnetismo hipnótico y visión de poder desafían la comprensión del embajador.
Quaraband emerge del páramo como una ciudad de tiendas, miles de yurtas de fieltro blanco y negro dispersas en el fondo de un valle donde la primavera apenas tiñe la tierra con los primeros brotes de croco y azucena. Aquí ha establecido su corte Yamun Khahan, kan o emperador de los tuiganos, cuyo poder militar de diez mil jinetes ha alterado el equilibrio comercial de reinos vecinos y generado demandas que los gobernantes del mundo civilizado consideran insensatas. El general Chanar Ong Kho, guerrero de armadura bruñida y trenzas lustre, regresa del consejo de Semfar llevando consigo a Koja, un sacerdote khazari de los templos orientales encargado de ser embajador. Koja ha soportado tres semanas de cabalgata incesante a través de bosques, montañas y estepas áridas, y la vista de la capital tuigana lo desconcertaba: sin estructuras de piedra, sin comodidades, apenas yurtas humeantes y el olor acre del estiércol quemado. Cuando el oficial de la guardia le ordena arrodillarse ante el estandarte del kan —ídolos chamánicos acompañados del cráneo empalado del primer enemigo vencido—, Koja rehúsa por su fe religiosa, desatando una tensión que revela las abismales diferencias entre estas culturas. Dentro de la yurta de Yamun, bajo la luz oscilante de lámparas colgadas, el sacerdote se encuentra frente a un hombre de ojos hipnóticos y cicatrices que cuentan batallas, cuya visión de poder absoluto y conquista global desafía las categorías políticas del embajador. El diálogo que sigue expone el choque irreconciliable entre el mundo de la diplomacia y el del guerrero de la estepa cuya única realidad es el dominio por la fuerza.
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