Una nieve ligera cae sobre París mientras Lai abandona la ventana que da al Sena. Su colega Cordelli lo llama: hay algo urgente en el Laboratorio de Fisioquímica.
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Una nieve ligera cae sobre París mientras Lai abandona la ventana que da al Sena. Su colega Cordelli lo llama: hay algo urgente en el Laboratorio de Fisioquímica. Lo que comienza como un enigma visual con placas de microscopio termina en el Centro de Rehabilitación de Clignancourt, donde Lai se enfrenta con lo imposible: un hombre destruido por radiaciones ha experimentado una regeneración que desafía toda lógica médica.
Lai contempla el fluir del Sena desde su escritorio parisino, en esos días claros y fríos donde los enamorados susurran al ritmo del agua. Es un biólogo satisfecho de su tranquila vida. Pero cuando Benito Cordelli, su colega del laboratorio de fisioquímica, lo convoca con urgencia, todo cambia.
Cordelli le muestra placas intrigantes: pelos con formaciones fibrosas anómalas, nervios ópticos engrosados. No hay diagnóstico claro. Luego lo arrastra al Centro de Rehabilitación de Clignancourt, donde lo espera Gérard Duplaix, una eminencia que combina la intuición del poeta con el rigor del investigador. También está Tahiro Matsuki, su brillante asistente, y pronto se suma Alfred Peters, joven físico de La Sorbonne.
Allí, en una celda, yace Iván Rischevski. Los registros clínicos son desoladores: nació en 1946, fue destruido por radiaciones nucleares en 2005, condenado a ceguera, sordera, demencia. El pronóstico era la muerte en diez años. Sin embargo, Lai ve a un hombre de cuarenta y cinco años en plena vigencia. Lee la Física Astronómica de Reinhardt con velocidad imposible. Levanta cien kilos con una sola mano. Ve y oye perfectamente. Sus músculos se transforman día a día.
Duplaix revela el secreto guardado años: una teoría sobre las «zonas de sombra» del cerebro, el aislamiento eléctrico entre hemisferios. Ha construido un puente quirúrgico y energético que activa la región inactiva del cerebro dañado. Sus experimentos con animales fueron terribles: un chimpancé que adquirió casi conciencia se suicidó, incapaz de soportar esa nueva lucidez.
Con Rischevski aplicó su técnica en un hombre cuyo hemisferio activo estaba destruido. El resultado fue una resurrección imposible: regeneración celular completa, recuperación sensorial, desarrollo muscular que duplica la fuerza normal. Pero lo más asombroso es el desarrollo intelectual: en meses ha absorbido cálculo infinitesimal, álgebra superior, física nuclear.
Conforme los hechos se revelan, una pregunta flota sin palabras: ¿qué es lo que ha sido resucitado en Rischevski? ¿Hasta dónde puede llegar la transformación de un ser humano antes de dejar de serlo?