En una noche de invierno, Eva recibe una carta sin firma ni despedida. Desde hace dos años su padre desapareció persiguiendo un sueño, y ella ha dejado de dormir tras una revelación misteriosa.
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En una noche de invierno, Eva recibe una carta sin firma ni despedida. Desde hace dos años su padre desapareció persiguiendo un sueño, y ella ha dejado de dormir tras una revelación misteriosa. En un pueblo donde las estaciones transcurren de forma imposible y los trenes recogen deseos, la joven de diecisiete años navega entre el insomnio y las cartas anónimas que alteran sus días, mientras intenta comprender qué significa esperar en un lugar donde el tiempo parece detenerse.
En una noche de invierno, mientras la nieve duerme sobre los cristales y el fuego calienta la mecedora de su madre, Eva abre otra carta. No tiene remitente ni punto final, solo palabras sobre sus ojos grises y su pelo rojo encrespado, sobre una mirada que se creyó haber visto una única vez en un puente de piedra.
Eva tiene diecisiete años y ha dejado de dormir. Hace dos años, su padre Esteban partió en busca de un sueño que le perseguía desde la infancia: el de una mujer que cae del cielo, la primera del mundo. Desde entonces, ella ha recibido doce cartas de amor sin remitente ni despedida, cartas que admiten todas las lecturas que la luz y la oscuridad puedan darles, y que la mantienen en vela, buscando entre sus líneas la identidad de quien escribe.
El pueblo donde vive Eva existe en el límite de lo posible. Sus calles de piedra y su puente en arco conducen a un parque donde las estaciones transcurren fuera del tiempo natural. Una iglesia pequeña fue construida por un cura que eligió hacer casas para parejas de enamorados. Una tienda de flores llamada Romance, donde el joven dueño no comprende el significado de su nombre heredado. La botica de Dulce, una mujer que espera un hijo sin haber esperado antes un amor. Y la estación de tren, donde los habitantes cumplen un ritual ancestral: esperan en el andén con flores, seguros de que los trenes recogen los deseos.
Eva no es como los demás. Su padre le decía que ella era la prueba de que existe la primera mujer. Mientras su madre se mece recordando el día en que conoció a Esteban en el mirador, Eva permanece despierta, atrapada entre las sombras de sus propios sueños rescatados del insomnio, poblados de criaturas y encuentros que reconoce sin saber de dónde. Las cartas la atormentan como una trampa suave, prometiendo una respuesta que quizás nunca llegue.
Esta es una novela sobre la espera, sobre los sueños que los padres cumplen o abandonan, sobre qué significa amar a alguien sin conocerlo, y sobre la belleza de un pueblo donde la música de un arpa adormece el tiempo y la realidad está tejida de la misma sustancia que los sueños.
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