En septiembre de 1954, el vapor Santa María ancla en Coquimbo trayendo a Gabriela Mistral después de dieciséis años de ausencia. La poeta regresa a su país para recibir el grado de doctora honoris causa de la Universidad de Chile, un…
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En septiembre de 1954, el vapor Santa María ancla en Coquimbo trayendo a Gabriela Mistral después de dieciséis años de ausencia. La poeta regresa a su país para recibir el grado de doctora honoris causa de la Universidad de Chile, un reconocimiento que marca el culmen de su trayectoria como maestra rural transformada en voz poética de un continente. Durante su viaje entre puertos chilenos y su estancia en Santiago, reaparece la tensión que siempre la caracterizó: la mujer incómoda en los círculos intelectuales que se niega a la hipocresía y mantiene sus propias convicciones.
Cuando el vapor norteamericano Santa María ancla en el puerto de Coquimbo a principios de septiembre de 1954, algunos pescadores se enteran de la llegada de Gabriela Mistral y adornan sus barcazas con banderas y flores para recibirla. La poeta ha pedido expresamente que no se realicen ceremonias de bienvenida, pues regresará después de su visita a Santiago. Quiere tranquilidad, pero los de mar no pueden contenerse ante una mujer de quien se sienten tan cercanos que se saben sus versos de memoria.
Acompañada por su secretaria Gilda Péndola y su compañera de vida Doris Dana, Mistral desciende a tierra. Su primer acto es visitar el cementerio de La Serena para rendir homenaje a su madre Petita y a su hermana Emelina, con quien nunca dejó de escribirse. Allí, sola ante sus recuerdos, vuelve a ser la hija agradecida que fue, recordando las palabras premonitorias de su madre cuando fue tratada de retrasada mental: “Mi hija llegará lejos”.
Durante el viaje en barco, Mistral concede una entrevista en la que aborda sus conflictos no resueltos con Chile. Habla de su socialismo cristiano, distante tanto del comunismo soviético como de las ideologías políticas que considera muletas innecesarias. Los conservadores desconfían de su defensa de los indígenas, mientras que la izquierda la rechaza por su rechazo al comunismo de la URSS. Revela además que Pablo Neruda la odia, aunque pide que no se publique.
En Valparaíso, el presidente Carlos Ibáñez del Campo, a quien ha odiado durante décadas, la recibe en la plaza de la Intendencia. Pese al resentimiento acumulado, Mistral deponiendo su ira asciende al estrado. La multitud la aclamará cuando habla de su amor por el Valle de Elqui y de su deseo de vivir en el país que la vio nacer.
La ceremonia de doctorado honoris causa en la Universidad de Chile constituye el clímax de su regreso. Vistiendo un elegante dos piezas gris perla, mientras el coro universitario canta rondas que ella misma escribió, Gabriela recibe el reconocimiento más prestigioso de su nación. En su discurso aborda la misión del intelectual en la sociedad y cuestiona el latifundio, celebrando una reforma agraria que, según ella, está teniendo lugar en Chile.