Un viajero desorientado cruza las paredes de una mansión maldita donde los antiguos dioses yacen en decrepitud. En Malpertuis, los danzarines del Olimpo, ahora envejecidos y amargos, tejen una red de horror tejida por la soledad, el rencor…
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Un viajero desorientado cruza las paredes de una mansión maldita donde los antiguos dioses yacen en decrepitud. En Malpertuis, los danzarines del Olimpo, ahora envejecidos y amargos, tejen una red de horror tejida por la soledad, el rencor y la certeza de que la divinidad ha sido derrotada. La casa guarda el secreto de una eternidad sin esperanza, donde la vejez consume todo lo que fue hermoso. Jean Ray convierte esta decadencia en una pesadilla de la que es imposible despertar.
Un hombre atraviesa sin saber cómo una pared y se encuentra en el corazón de Malpertuis, mansión situada en las calles de alguna ciudad hanseática, probablemente Gante. La descripción de la casa es casi intrascendente: sus puertas no se cierran, sus salas no guardan secretos, sus pasillos no ocultan nada. Y sin embargo, todo está vedado. El verdadero horror no reside en misterios materiales, sino en sus habitantes: los antiguos dioses del Olimpo, ahora reducidos a figuras decrépitas y resentidas que transitan por escaleras oscuras envueltos en una decadencia irrevocable.
Fueron ellos una vez hermosos, jóvenes y poderosos. Danzaban en las cimas del Olimpo mientras los hombres bailaban con ellos. Pero llegó una abstracción divina sin nombre, sin risa, sin danza, y con su llegada llegó también el fin. Retirados a esta mansión, los dioses envejecieron. Venus se convirtió en una mujer horrible e hinchada. Prometeo es ahora un espantapájaros que recorre los pasillos encendiendo luces que luego se apagan. Zeus, padre de todos, apenas conserva jirones de majestad en la figura melancólica de Eisengott. Solo Euryale, la última Gorgona, mantiene la belleza mortal de su mirada petrificadora.
El verdadero terror de Malpertuis radica en esta visión: la certeza de que también los hombres sucumbirán a la vejez, a la soledad, a la muerte. Los divinos no pueden brindarnos esperanza de compañía; nosotros no podemos ofrecerles sino envidia y desprecio por su decadencia. Entre ellos y nosotros se ha asentado una rencilla eterna. Jean Ray teje en esta mansión la historia de cómo todo lo que fue sagrado se corrompe, cómo la inmortalidad se convierte en maldición, cómo el tiempo devora incluso a los dioses.