Un hombre navegaba solo en las aguas del Orinoco cuando divisó un barco extraño, sin motor ni velas, pilotado por una familia de pescadores canarios que huía hacia el mar.
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Un hombre navegaba solo en las aguas del Orinoco cuando divisó un barco extraño, sin motor ni velas, pilotado por una familia de pescadores canarios que huía hacia el mar. En aquel río traicionero, donde las rocas sumergidas destrozaban embarcaciones y las corrientes eran impredecibles, el húngaro Zoltan Karrás descubriría a Aurelia, sus hijos Sebastián y Asdrúbal, y la joven Yáiza. Juntos enfrentarían uno de los pasajes más peligrosos de Venezuela, mientras perseguían la noticia de un descubrimiento de diamantes en la selva.
En las aguas profundas y lodosas del Orinoco, Zoltan Karrás mantiene una vigilancia constante. Es un hombre de muchos años, consumido por experiencias, con ojos azules bajo el sombrero desgastado y la piel tostada por un sol implacable. Ha navegado estos ríos de La Guayana casi toda su vida, ha naufragado tres veces, ha perdido cuanto posee en el lodo del fondo fluvial. Pero aún busca sorpresas en las aguas traicioneras, donde las rocas sumergidas quiebran los cascos como huevos y las corrientes imprevistas arrastran las embarcaciones contra los árboles gigantes.
Esta mañana, mientras prepara su almuerzo junto a una ensenada tranquila, Zoltan ve aparecer algo imposible: un barco con altas bordas que navega sin motor, sin velas, sin nada que lo gobierne salvo un timón enorme y las manos de un joven de espaldas hercúleas. A bordo hay una mujer serena, dos hombres jóvenes, y una muchacha cuya belleza parece irreal incluso a través de los prismáticos desgastados.
El barco se llama Maradentro. Y se dirige directamente hacia el paso más peligroso del río, aquel que los lugareños llaman Comecuriaras porque devora embarcaciones, aquel donde los habitantes de las orillas apuestan sobre quién sobrevivirá.
Zoltan grita advertencias que nadie escucha, o que todos ignoran. Sin saber por qué, abandona su almuerzo humeante, suelta su embarcación y acelera el motor. Necesita ver cómo cruzarán ese paso. Necesita entender quiénes son estos extranjeros que navegan como si tuvieran un pacto secreto con el río.
Lo que descubre lo sorprende. La familia de Maradentro no es un grupo de insensatos. Son pescadores de Canarias, desterrados por la vida hacia Los Llanos, luego hacia estas aguas, y ahora decididos a reconstruir su destino marino. Su barco, tosco pero ingenioso, posee un timón tres veces más grande de lo normal. Las mujeres arrojan rocas sujetas a cables para frenar su velocidad en el momento exacto. El timonel gira con precisión donde Zoltan gira. Juntos cruzan el paso mortífero.
Ahora comparten comida. Zoltan cuenta su historia: es un aventurero húngaro sin destino fijo que busca diamantes en la selva. Sabe de “bombas” y “bullas”, de la violencia de los buscadores, del caos que trae la “peste” de advenedizos hambrientos de riqueza.
La familia de Maradentro sueña simplemente con volver al mar que perdieron, reconstruir lo que la vida les arrebató. Su barco es su esperanza, su salvación.