Una fotografía en blanco y negro colgada en la pared de una casa de La Asunción: dos hermanos pequeños, agarrados de la mano, con la tristeza reflejada en los ojos.
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Una fotografía en blanco y negro colgada en la pared de una casa de La Asunción: dos hermanos pequeños, agarrados de la mano, con la tristeza reflejada en los ojos. Esta imagen es el punto de partida de una colección de relatos que reconstruye la Margarita de la infancia, aquella isla donde la modernidad aún no había demolido sus costumbres. Suniaga reúne escritos dispersos de décadas atrás para preservar en palabras un mundo que ya no existe, con sus escuelas, sus personajes memorables y sus noches sin televisión pobladas de historias fabulosas.
En una pared de la casa de la abuela, una fotografía en blanco y negro permanecía durante años: dos niños agarrados de la mano, vestidos con camisas blancas y pantalones oscuros, posados contra un telón desgastado. Los zapatos del hermano menor —unas botas negras de detective, como las llamaba su padre— revelan la historia que la madre guardó en silencio: un niño enfermo, la precipitación de un viaje a Porlamar, la búsqueda inútil de unas botas vaqueras como las del hermano mayor, la decepción reflejada en esos ojos que la cámara capturó para siempre.
De esa Margarita de pescadores y contrabandistas, de calles donde la brisa de diciembre traía frío porque los viejos habían perdido el tejido adiposo —como enseñaba el maestro Fiel—, surgen estos relatos reunidos tras decenios. Escritos en los años ochenta y guardados en el círculo restringido de La Asunción, ahora cobran nueva vida como un acto de preservación: aquella isla donde la infancia transcurría en el Grupo Escolar Francisco Esteban Gómez, donde se juraba por las capillas del cine local y se jugaba en plazas que ya no existen de la misma manera.
El maestro Fiel Malaver habita estas páginas como la encarnación de una pedagogía desaparecida: las reglas de madera en las manos, el bigote mítico, la voz nasal que comparaba a sus alumnos con el agua de un río que pasa rauda hasta encontrar un dique —él mismo—. Sus clases de aritmética dejaban cicatrices, pero también revelaban las maravillas de la botánica y la geografía con la precisión de quien ha vivido cada lugar.
Pero la obra también hace espacio para Cachón, visitado por espíritus de los muertos, que teje historias sobre un carro convertible rojo regalo del sol en persona, desde donde vio las pirámides de Egipto y los rascacielos de Nueva York. En noches sin televisión, sus mentiras descomunales se volvían casi más reales que la geografía medida por Fiel Malaver.
La nostalgia permea cada página de esta obra como la calina perfumada a pan recién horneado que acompañaba el regreso de la escuela. No es una nostalgia lacrimógena sino serena, la de quien observa cómo la modernidad demolió lentamente el mundo margariteño y decidió preservar su retrato en letras antes de que desapareciera del todo.
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