En un patio de paredes grises, alguien agoniza esposado al cadáver de su amigo. Meses después, la comisaria María Ruiz regresa a la comisaría tras una larga recuperación.
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En un patio de paredes grises, alguien agoniza esposado al cadáver de su amigo. Meses después, la comisaria María Ruiz regresa a la comisaría tras una larga recuperación. Su primer caso la enfrenta a un aparente suicidio en el Retiro: un hombre encontrado con una escopeta en las manos. Pero la madre insiste en que su hijo no se ha matado. Comienza una investigación que desafía las apariencias y tira de los hilos de un misterio más profundo.
Una novela que comienza en la oscuridad de la muerte. En un patio estrecho de paredes grises, alguien agoniza esposado al cadáver de su amigo, mientras la conciencia se le apaga lentamente y se formula preguntas angustiosas: por qué fue arrastrado al vacío, por qué fue traicionado, por qué fue matado por la muerte de otro.
Meses después, la comisaria María Ruiz regresa a su despacho tras una larga convalecencia. Ha recuperado su fortaleza física, aunque aún lucha contra una salud frágil. Sus compañeros la reciben con afecto: Martín, el joven agente apasionado, y Esteban, el veterano policía de palabras medidas. Es un otoño tranquilo en Madrid, dicen, aunque hay secuestros exprés sin resolver y las protestas de los indignados han mantenido a la policía en tensión constante.
El primer caso que se le presenta es aparentemente sencillo: un suicidio en el Retiro. Un hombre de aproximadamente cincuenta años, calvo y grueso, encontrado entre matorrales con una escopeta en las manos y un disparo en la cabeza. El tiro atravesó su boca, destruyendo gran parte de la mandíbula. Los agentes lo clasifican como un vulgar suicidio, cierre inmediato. Pero Martín nota algo inquietante: no hay documentación, no hay carta de despedida, no hay explicación alguna. ¿Es realmente suicidio?
Cuando visitan el domicilio de la madre del finado, una mujer erguida y fría de cabello gris teñido de violeta, el caso adquiere una dimensión inesperada. La madre rechaza ver fotos; ella posee todas las que necesita. Guarda un álbum desgastado donde Héctor García aparece a lo largo de los años: en la comunión, posando con un salmón pescado, montando en bicicleta, siempre con un gesto de paciencia infinita e incluso hastío. Las fotos confirman la identidad. Pero la madre hace una afirmación que desafía toda conclusión: Mi hijo no se ha matado.
Este es el punto de partida de una investigación que obliga a María a desentrañar las capas ocultas de una familia, a cuestionar las apariencias, a descubrir que detrás de un aparente suicidio sin móvil ni carta de despedida puede haber algo mucho más oscuro y complejo. La narrativa alterna entre la investigación policial y los misterios que rodean una muerte que nadie quiere asumir como suicidio.
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