Mijail Ivánovich Kostrov, profesor de historia, presiente su detención en pequeñas señales: el tono del rector al suspenderle las clases, sus palabras cuidadas. Días después, un hombre en la acera se acopla a su paso.
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Mijail Ivánovich Kostrov, profesor de historia, presiente su detención en pequeñas señales: el tono del rector al suspenderle las clases, sus palabras cuidadas. Días después, un hombre en la acera se acopla a su paso. «Camarada Kostrov, le ruego que me acompañe». Comienza así una larga espera en una celda llamada El Caos, donde treinta prisioneros comparten aire asfixiante, donde la política exige silencio y donde todos descubren que son, simplemente, pobres desgraciados.
El rector recibe a Mijail Ivánovich Kostrov con un tono especial: «He decidido suspender momentáneamente sus clases». El profesor advierte los signos en esa voz, en la cabeza inclinada del rector evitando mirarlo. Estamos en Moscú, años treinta. La política ha girado nuevamente y quién lo ha delatado importa menos que el hecho de que ha sido delatado.
Kostrov vive con su esposa Ganna y su pequeña hija Tamarochka en una ciudad donde otros desaparecen. Vanil Vanilich, el vecino de abajo, fue a la cárcel hace dos semanas. Su hija cuenta a Tamarochka que su padre está en prisión, no en Leningrado. La gente aprende a mentir primero, a aceptar la verdad después.
La detención llega un día ordinario, en la acera, ante la parada del tranvía. Un hombre se acopla a su paso, gorra astrosa, rostro de inculto. «Camarada Kostrov, le ruego que me acompañe». El coche atraviesa Moscú: la Puerta de la Trinidad, el Kremlin, la máscara de bronce de Marx en la Lubyanka. En su mente solo hay ideas pueriles y un extraño alivio por el fin de la espera.
Luego viene El Caos. Una celda rectangular con seis literas donde treinta hombres viven en aire irrespirable. El vaho de los cuerpos corre por las paredes. En la esquina, el balde de los excrementos. Los prisioneros han creado su propia sociedad: el bulevar, ese pasillo estrecho donde los hombres pasean por turnos. El Antiguo, el más sabio, mantiene el orden con sentencias sobre la dignidad en la desgracia.
Durante siete semanas, Kostrov convive con estos espectros. El jorobado que fabricaba jabón ilegalmente. Los trotskistas que debaten sobre la revolución permanente bajo las camas. El acusado de espionaje cuyo rostro color tierra no logra llorar. No hay crímenes claros. Solo hay la espera, el tiempo que no deja huella, el peso de las horas que abruman sin pasar.
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