Un hombre despierta en una clínica sueca sin memoria. Encontrado inconsciente en un bosque, permanece en la sala de recuperación bajo el cuidado de Teire, un anciano enfermo que lo bautiza provisionalmente como Eneene.
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Un hombre despierta en una clínica sueca sin memoria. Encontrado inconsciente en un bosque, permanece en la sala de recuperación bajo el cuidado de Teire, un anciano enfermo que lo bautiza provisionalmente como Eneene. Mientras intenta reconstruir quién es, fragmentos de un trauma vuelven de manera errática: una mano subiendo por una pierna de niña, gritos, fuego. La policía interroga. Eneene deambula por los pasillos buscando pistas sobre sí mismo, pero cada encuentro lo deja más perdido en el laberinto de su propia identidad desvanecida.
Eneene, así lo llama Teire, el viejo de ojos verdes que lo cuida en la clínica Katarina Sofía de Estocolmo, aunque ese no es su verdadero nombre. Un hombre despierta en una cama de hospital bajo una luz blanca que lo hiere, rodeado de voces confusas, de pasos y del murmullo incesante de una ciudad que no reconoce. La luz crepita en sus ojos; el dolor florece en todas partes del cuerpo. Lo encontraron en el soto de Tegnér, casi muerto, sin documentos, sin billetera, sin rastro alguno de su identidad. Varios días permaneció dormido, con suero en las venas, mientras su mente quedaba en blanco.
Ahora despierto, flota en un abismo de confusión. Las imágenes retornan fragmentadas, destructivas: visiones de fuego, de una lancha ardiendo, de una mano de dedos largos subiendo por la pierna de una niña, gritos desgarradores. Cada recuerdo es un fogonazo que causa dolor. No sabe quién es, ni por qué estaba en ese bosque, ni qué vendría después. La policía lo interroga; dos agentes con el método implacable de quien nada revela. ¿Qué pasó el veintitrés? No lo sabe. ¿Cómo se llama? Nada viene.
Teire, veterano de este lugar, lo mantiene cerca. Sus ojos verdes son un punto de anclaje en la desorientación total. Entre sueño y vigilia, Eneene busca reconstruirse: camina por los pasillos de la clínica, conversa con otros pacientes, intenta extraer de cualquier fuente una pista sobre sí mismo. Una joven enfermera le habla de su abuelo, de asaltos, de amnesia. Luego aparece Ingeborg Blum, enfermera de distrito, con su pelo blanco y su presencia desconcertante, que lo reclama para llevarlo al laboratorio.
El tiempo en la clínica es un ciclo de despertares dolorosos y pesadillas incontrolables. Las sábanas arden. La luz se congela en ventanas. El cuerpo traiciona, los oídos traicionan, la mente traiciona. Y en algún lugar de todo esto, escondida bajo capas de confusión y dolor, yace la verdad de lo que Eneene fue, de lo que hizo, y tal vez, de por qué su memoria ha desaparecido.