Kassandra nace en 1997 en una familia ligada al narcotráfico. Su padre esperaba un hijo varón para heredar su imperio criminal; recibe una hija. En un mundo donde solo los hombres escalan hacia el poder, ella emerge en los márgenes.
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Kassandra nace en 1997 en una familia ligada al narcotráfico. Su padre esperaba un hijo varón para heredar su imperio criminal; recibe una hija. En un mundo donde solo los hombres escalan hacia el poder, ella emerge en los márgenes. El día de su nacimiento sucede algo inusual: la pequeña deja de llorar de repente, como si comprendiera un destino aún por escribir. Esta novela cuenta la historia de una vida atrapada entre el crimen organizado y un género condenado a la invisibilidad desde su primer aliento.
La atmósfera es la de una casa de campo en el interior de la provincia española, un sábado de verano de 1997. Un hombre llamado Jacobo, intermediario de narcotráfico, palmea suavemente la barriga abultada de su esposa durante una comida, anunciando con entusiasmo embriagado la llegada del hijo que ha esperado durante casi quince años de matrimonio. Tras una patología que hacía improbable la concepción, el embarazo se había convertido en un milagro para Jacobo, una oportunidad de extender su poder y su legado. En su mente, la victoria sobre la naturaleza era completa. El hijo que entraría en el mundo sería la réplica de su padre, el portador de un imperio construido en las sombras del tráfico de drogas español.
Jacobo Fernández es un organizador de redes de distribución que conecta a los traficantes colombianos de Vigo con los marroquíes de la Línea y, finalmente, con los consumidores de la costa alicantina. Su poder no radica en la violencia explícita, sino en algo más valioso: la confianza. Es un hombre tranquilo, sereno y profesional, características que lo elevaron a una posición privilegiada en un mundo de hombres agresivos e impulsivos. Vive dentro de una subcultura con reglas propias: mujeres oficiales como amas de casa, mujeres extraoficiales como trofeos; vehículos y propiedades a nombre de terceros; opulencia en el vestir y en las salidas nocturnas donde se cierran los mejores tratos. Es una vida de poder absoluto, donde la masculinidad se demuestra constantemente y donde solo los hombres pueden ascender.
Pero el destino tiene otros planes. Cuando Ana, su esposa, sale del hospital sosteniendo a su bebé recién nacido, no trae consigo el heredero varón que Jacobo había imaginado durante meses. Trae una hija, a quien nombra Kassandra. El nombre, elegido deliberadamente porque conoce su significado mitológico —“hermana de los hombres”—, es un acto de negación. Cuando momentos después del parto la recién nacida cesa de llorar de golpe, como si obedeciera una orden invisible, todos lo notan. Sus grandes ojos verdes, intercalados de motas amarillas como luz atravesando árboles, se fijan en cada rostro. Es un momento que marcará generaciones, una anécdota que circulará entre la gente que rodea a Jacobo, siempre narrada con tono de extrañeza.
Así comienza: con el nacimiento de una niña en las entrañas del crimen organizado español, una hija no deseada, condenada por su género en un mundo donde solo los hombres heredan poder. Kassandra no es una víctima pasiva de estas circunstancias. Su infancia transcurre en una casa donde circulan narcotraficantes de distintas nacionalidades, donde el dinero negro se convierte en coches caros y casas de campo, donde la violencia es parte de los códigos cotidianos. A los diez años ya chapurrea tres idiomas. A través de sus ojos conocemos no solo la estructura interna del crimen organizado, sino la experiencia de una mujer condenada a habitarlo sin poder heredarlo, sin poder ascender. Esta es la historia de una vida que nace en las sombras.
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