Adolfo Montero observa desde el umbral de su casa mientras su hermano Raúl baila twist con amigos en el salón. Él no tiene ganas de participar. La noche anterior presenció el entierro del portero: solo cuatro huérfanos seguían el féretro.
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Adolfo Montero observa desde el umbral de su casa mientras su hermano Raúl baila twist con amigos en el salón. Él no tiene ganas de participar. La noche anterior presenció el entierro del portero: solo cuatro huérfanos seguían el féretro. Al día siguiente, ve a la porterita en la garita, bella y sola, cuidando a sus hermanos menores. Esa imagen despierta una conciencia que ha dormido veintiséis años en Adolfo, quien pertenece a una familia acomodada donde todo se resuelve con dinero.
La noche del primer capítulo, Adolfo Montero se retira del salón de su casa mientras una fiesta late en torno suyo. Su hermano Raúl brinda a sus amigos; su hermana Teresa flirtea en la biblioteca. Adolfo, de veintiocho años, observa desde el umbral con una sonrisa que es apenas una mueca, las manos en los bolsillos. Se siente cansado, aunque no tiene motivo aparente para estarlo. La fatiga que siente proviene de una visión que lo ha perseguido: el entierro del portero del edificio donde vive con sus padres, don Andrés y doña Dolores Montero. Solo cuatro personas seguían el féretro: la hija mayor y tres hijos menores, todos huérfanos. Aquella escena desoladora ha tocado algo adormecido en la conciencia de Adolfo. Pertenece a una familia de hombres y mujeres sin corazón. Su padre, un distinguido comerciante en antigüedades, resuelve cada conflicto moral con dinero. Años atrás atropelló a un transeúnte que dejaba siete hijos huérfanos; envió un donativo a la viuda y olvidó el asunto. Su madre, sus hermanos Raúl y Teresa, todos buscan diversión sin límite ni escrúpulo moral. Nadie cena junto a nadie. Cada uno hace lo que le place. Adolfo, a los veintiocho años, nunca ha trabajado. Estudió aparejador sin convicción, abandonó sueños artísticos de adolescencia, ha tenido amantes sin remordimiento. Ha vivido del dinero familiar, de fiestas, cafés y autos, como su hermano Raúl, quien ni siquiera estudió. Es un hombre moderno, como los de su tiempo: moralmente vacío pero social y económicamente establecido. Sin embargo, el día siguiente del entierro, al partir de su casa, Adolfo ve a la hija del portero en la garita. Es una joven bellísima de ojos verdes intensos y melena negra, sonriendo una sonrisa amarga, de renuncia, mientras su hermano menor le informa que ella está haciendo la comida mientras los otros hermanos van a la escuela. El niño describe una vida de verdad: rotación de tareas, costura, cuidados del hogar, pobreza digna. Adolfo es golpeado por la culpa y la atracción simultáneamente. Mientras él gasta en una semana lo que esa familia necesita para meses, mientras su conciencia ha permanecido dormida veintiséis años, aquella joven carga sobre sus hombros a tres niños con una sonrisa de dolor doblegado. Obsesionado, Adolfo comienza a perfilar un plan: tal vez podría ayudarla. Algún día, cuando se canse de ella, le pondría un negocio. Mientras tanto, la observa, consciente de su propia miseria moral, incapaz de no ser quien es.
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