Anwen cabalga sola bajo el viento, barro y libertad por sus tierras de Surrey. En la orilla del río donde busca refugio, encuentra a un hombre que cree es mozo de cuadra: educado, ingenioso, con una sonrisa que desordena.
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Anwen cabalga sola bajo el viento, barro y libertad por sus tierras de Surrey. En la orilla del río donde busca refugio, encuentra a un hombre que cree es mozo de cuadra: educado, ingenioso, con una sonrisa que desordena. Daniel, marqués de Orford en realidad, decidió ocultarse en aquella identidad falsa. Cuando la verdad salga a la luz, ¿podrá Anwen perdonar el engaño de quien se convirtió en su sorpresa más deliciosa?
Anwen cabalga sola por los campos de Surrey, el viento desarmando su peinado, el barro salpicando su traje verde botella. Ha fingido una enfermedad prolongada para escapar de Londres y del sofocante circuito matrimonial que su familia le impone. En los bosques de Nettingvale encuentra su pequeño refugio: un río tranquilo donde picnic en soledad, lejos de miradas y de expectativas.
Allí la interrumpe un extraño. Un hombre alto, de hombros anchos, con rizos que caen sobre el cuello, que ella identifica de inmediato como mozo de cuadra del nuevo marqués de Orford. El señor Clarence es educado, ingenioso, bromista. No tiene las formas pomposas de los caballeros de Londres que ella desdeña. Comparte su almuerzo, hablan del cuidado de los caballos, él la hace reír con su franqueza. Anwen siente algo que no había sentido en su última temporada fallida: el deseo de conocer a alguien genuinamente, sin la pesadez de los rangos sociales.
Pero el señor Clarence es en realidad Daniel Clarence, marqués de Orford. Heredó un título que lo salvó de los vicios de la ciudad, un hombre que intentaba reformarse tras años de vida disipada. El encuentro casual con su hermosa vecina lo ha intrigado peligrosamente. Ella lo ve como un hombre libre, sin las cadenas del rango que lo abruman. Él la desea, pero no como lo desearía un seductor de Londres. Hay algo más en ella que la atrae: su espíritu, su inteligencia, su desprecio por las convenciones.
Ambos están atrapados en el engaño. Daniel sabe que no debería permitirse esta mentira, que tarde o temprano deberá revelar su verdadera identidad. Anwen ignora completamente que el mozo de cuadra educado es uno de los hombres más ricos e influyentes de la región. Cuando la verdad emerja, cuando ella descubra el engaño en el que ha vivido durante estos encuentros furtivos, ¿podrá perdonar a Daniel? ¿O el supuesto pícaro reformado perderá para siempre a la mujer que finalmente lo ha hecho desear algo más que la diversión sin consecuencias?
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