Lunes de agosto de 2013. Un jesuita entra en la habitación austera de Santa Marta donde lo espera el Papa Francisco. Entre un icono de san Francisco y una estatua de san José durmiente, comienza una conversación sin artificio.
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Lunes de agosto de 2013. Un jesuita entra en la habitación austera de Santa Marta donde lo espera el Papa Francisco. Entre un icono de san Francisco y una estatua de san José durmiente, comienza una conversación sin artificio. El Papa se define a sí mismo como un pecador elegido por la misericordia divina. Habla de su vocación en la Compañía de Jesús, de cómo la misionariedad, la comunidad y la disciplina lo atrajeron a la orden, y de cómo el discernimiento ignaciano sustenta su ministerio. Una entrevista que es testimonio de fe y encuentro genuino.
Es lunes 19 de agosto de 2013. Un jesuita toma el ascensor que sube a Santa Marta con una convocatoria que trae desde Lisboa: publicar simultáneamente una entrevista al Papa en varias revistas de la Compañía de Jesús. Encuentra la habitación papal sobria, casi austera. Pocos libros, pocos papeles. Solo objetos que hablan de una espiritualidad encarnada: un icono de san Francisco, la patrona de Argentina, un crucifijo, la estatua de san José durmiente que lo acompaña también en su cuarto de superior provincial. El Papa lo recibe con esa sonrisa que ya ha dado vuelta al mundo. Antes de conectar el grabador, hablan de pensadores franceses, de la elección pontificia, de aquella paz inexplicable que lo habitó el 13 de marzo a la hora de la comida. El entrevistador se siente cómodo, aunque advierte que está sentado sobre un volcán. Cuando finalmente comienza la entrevista, Jorge Mario Bergoglio no ofrece respuestas redondas sino un flujo de ideas que se enlazan. El Papa es un hombre acostumbrado a la conversación, no a la lección. El entrevistador abandona los apuntes para dialogar libremente. Bergoglio se define a sí mismo como un pecador, no como figura literaria sino como verdad profunda. Su lema tomado del Venerable Beda refleja esa experiencia de ser mirado por la misericordia divina. Explica cómo la Compañía de Jesús lo cautivó: no por sofisticación teórica, sino porque en ella encontró lo que buscaba: misionariedad, comunidad y paradójicamente, disciplina, en un hombre que reconoce ser indisciplinado por naturaleza. Al acceder al pontificado, rechazó vivir en el apartamento apostólico del Palacio: necesitaba la comunidad, la presencia de otros. Por eso eligió Santa Marta. Para un jesuita ser Papa significa llevar el discernimiento ignaciano a la Iglesia universal. El Papa reflexiona sobre la máxima que lo ha guiado siempre: no quedar limitado por la grandeza, sino encerrarse en lo mínimo, hacer las cosas pequeñas con un corazón grande abierto a Dios y a los demás. El discernimiento requiere tiempo y presencia del Señor. Esto orienta sus elecciones, incluso las más cotidianas: el coche modesto, el lugar de residencia, la forma de gobernar. Testimonio de una fe encarnada.
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