En el aeropuerto de Barajas, Marina choca con Paul, un británico de ojos azules de hielo y modales ásperos. Ese encuentro casual inicia un juego que se despliega durante una semana en Fuerteventura.
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En el aeropuerto de Barajas, Marina choca con Paul, un británico de ojos azules de hielo y modales ásperos. Ese encuentro casual inicia un juego que se despliega durante una semana en Fuerteventura. Marina, divorciada desde hace seis meses y forzada por su amiga a tomarse vacaciones, descubre en las playas de Corralejo a un hombre que despierta en ella territorios eróticos completamente desconocidos. Entre provocaciones y confesiones susurradas, ambos se entregan a un juego sensual que flota entre lo casual y lo adictivo.
Marina irrumpe en el aeropuerto de Barajas cuando alguien la golpea sin cuidado. El hombre, británico, de ojos azules penetrantes y modales bruscos, ni se disculpa. Su nombre es Paul.
Hace seis meses que Marina descubrió la infidelidad de su marido Juan, un hombre con el que compartía quince años de matrimonio. Desde entonces vive en una rutina que la sofoca: trabajo, casa, trabajo. Su mejor amiga Verónica, cansada de verla desmoronarse, le reserva una semana de vacaciones en un hotel de lujo en Fuerteventura, con la determinación de que se reinvente.
Es en las playas de Corralejo donde Marina se reencuentra con Paul. No es un reencuentro casual. Es una provocación constante. Miradas que queman. Palabras que van más allá de lo cortés. Paul parece diseñado para despertar en Marina un lado de sí misma que el matrimonio anestesió durante años.
Entre ellos surge algo que ninguno de los dos había planeado: un juego sensual con reglas propias. Marina, que apenas conoce el deseo fuera de la monotonía conyugal, se descubre explorando territorios eróticos completamente desconocidos. Paul, con su acento extranjero y su cinismo, parece hablar un idioma que ella estaba predestinada a entender.
Durante siete días, Marina vive una doble existencia. De día es la turista que disfruta del sol canario. De noche es otra mujer: la que se deja llevar sin justificaciones, sin miedo. El juego que comparten adquiere una intensidad que crece cada encuentro. Pero ambos saben, desde el primer momento, que la semana tiene fecha de vencimiento.
¿Puede existir algo después de ese paréntesis? ¿Volverán a buscarse cuando regrese la realidad, o ese viaje quedará congelado en la memoria como un momento perfectamente irrecuperable?
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