Tras los cristales de las persianas entreabieres, la luz matutina se cuela en franjas sobre la cama vacía. Cinco meses después de la muerte de Víctor, su pareja de una década, el hombre sigue despertando en busca de un cuerpo que ya no…
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Tras los cristales de las persianas entreabieres, la luz matutina se cuela en franjas sobre la cama vacía. Cinco meses después de la muerte de Víctor, su pareja de una década, el hombre sigue despertando en busca de un cuerpo que ya no está. Las alucinaciones lo reciben: Víctor desnudo en su butaca junto a la ventana. Solo Toto, el perro heredado del difunto, lo ancla a la rutina. Entre las paredes de su apartamento, la memoria se convierte en refugio y tormento.
Desde el amanecer, la luz entra en franjas por las persianas del dormitorio. Un hombre despierta cada mañana buscando un cuerpo que ya no comparte su cama. Cinco meses después de la muerte de Víctor, su pareja de una década, el tiempo se ha detenido en una sucesión de momentos indistinguibles. Las alucinaciones son precisas: Víctor sentado en su butaca junto a la ventana, desnudo, con esa sonrisa traviesa que aún tiene el poder de estremecerlo. El narrador responde a un fantasma sabiendo que no está ahí, conviviendo con la contradicción de quien recuerda cada detalle de diez años juntos.
La rutina diaria es acto de resistencia. Ducha en silencio, afeitado, cremas antienvejecimiento. No por vanidad, sino porque estos gestos mantienen un remedo de cordura. El armario está medio vacío. La chaqueta de Víctor aún cuelga del perchero. La ropa sucia sigue en el cesto desde el día que todo cambió. Admitir la definitidad de la ausencia sería beber ácido, así que el hombre prefiere guardar estas reliquias, esperando un regreso imposible.
Toto, el perro que Víctor trajo hace años, lo arrastra fuera cada mañana. Lo guía al parque con la correa entre los dientes, lo obliga a formar parte del mundo que sigue transcurriendo sin él. En esos paseos sin destino, el hombre deambula sumergido en recuerdos: domingos donde no había prisa de levantarse, caricias buscando fusionar dos cuerpos como enredaderas, discusiones sobre una alfombra manchada por un cachorro, bromas que pertenecen a otra vida. Cada recuerdo es preciso: la forma en que Víctor lo miraba durmiendo, el sabor de sus labios, su aroma dulce y especiado, la manera en que sus ojos brillaban al obtener lo que deseaba.
El mundo exterior parece una pecera vista desde el lado equivocado del cristal. La memoria es un laberinto sin salida donde cada instante se estira despiadadamente. El narrador sabe que aferrarse a estos recuerdos es enfermizo, pero son lo único que lo mantiene de pie. Los días pasan lentos, convertidos en una sucesión de fotogramas desvaídos. En la convivencia con el fantasma de diez años, descubre que la verdadera lucha no está en olvidar, sino en aprender a llevar un peso que sigue siendo demasiado grande para sus hombros.
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