La lluvia arreciaba sobre los barracones camuflados en las marismas de Muir Damp. Allí, ocultos de los ojos alemanes, dos mil hombres de la Brigada 153 aguardaban una misión casi suicida: un desembarco de tanteo contra el Muro del…
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La lluvia arreciaba sobre los barracones camuflados en las marismas de Muir Damp. Allí, ocultos de los ojos alemanes, dos mil hombres de la Brigada 153 aguardaban una misión casi suicida: un desembarco de tanteo contra el Muro del Atlántico en Normandía, una semana antes de la invasión aliada. Entre canadienses y voluntarios de las Fuerzas Francesas Libres, Guy Dartex, soldado parisino, enfrenta el fuego enemigo cuando la lancha toca arena. Lo que sobreviene es caos, sacrificio y la cruda realidad de que actuar es más fácil que pensar.
En mayo de 1944, en los barracones secretos de Muir Damp, la lluvia cae insistente. Bajo techos camuflajeados duermen dos mil soldados de la Brigada 153: canadienses de habla francesa y voluntarios de las Fuerzas Francesas Libres que anhelan recuperar su patria ocupada. Los ojos alemanes no ven nada desde el aire. Para ellos, la región pantanosa sigue siendo zona deshabitada.
Los generales aliados asignan una misión de reconocimiento en las costas de Normandía, una semana antes del gran asalto del Día D. No habrá barcos esperándolos en el regreso. Los supervivientes deberán infiltrarse a través del Muro del Atlántico y las líneas defensivas alemanas, atravesando Francia ocupada hasta encontrar refugio provisional. Es una operación que promete aniquilar a la mayoría de los hombres. Los generales lo saben; algunos se niegan a participar y solicitan el mando, pero sus pedidos son rechazados.
Guy Dartex es soldado raso parisino, hijo del coronel al mando. Sueña con regresar a Montmartre. Lo rodean compañeros como el experimentado Roger Forban, veterano del norte de África, el sargento Laroc de carácter severo, y el cabo Dubois. El teniente Abrial, oficial militar sin calidez humana, inspecciona la tercera sección antes del embarque e impone una orden fría: presentarse en el castillo de Le Noyon dentro de sesenta y dos horas. Los ausentes serán acusados de abandono ante el enemigo.
Cuando la lancha de desembarco encalla en la arena al amanecer del 7 de mayo, el fuego comienza. La artillería naval precede a la infantería, abriendo brechas en alambradas, pero los nidos de ametralladoras alemanas escupen metralla desde las casamatas. Dartex corre tras Sablon hacia lo alto de la loma, sordo ante el estruendo, sin divisar uniformes enemigos, solo humareda densa y bloques de cemento volando por los aires.
Ladera abajo, saltando a un lado y otro, intenta alcanzar la trinchera alemana. Ve cuerpos mutilados pero no quiere detallar. Solo necesita algo sólido que lo cubra del fuego. En la zanja que ocupan, comprueba que su pelotón está casi intacto. El sargento Laroc impartirá nuevas órdenes: limpiar un nido de ametralladoras en la cresta siguiente. El cabo Dubois yace muerto, un orificio discreto tras la oreja. Otros canadienses caen en el riachuelo, cortados por fuego cruzado.
Conforme avanza el combate, Dartex descubre una verdad: actuar es más sencillo que pensar. El miedo paraliza. La supervivencia exige movimientos que el cuerpo ejecuta mientras la mente queda atrás, perdida en incredulidad ante la brutalidad de lo real.
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