En la sala del tribunal, el actor Arturo Armengol se enfrenta a la acusación de haber asesinado a su compañero durante la representación de Don Juan Tenorio.
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En la sala del tribunal, el actor Arturo Armengol se enfrenta a la acusación de haber asesinado a su compañero durante la representación de Don Juan Tenorio. El abogado criminalista Atilano Garcerán asume su defensa en un caso que presenta un enigma desconcertante: si ambos actores estaban solos en escena durante el duelo del cuarto acto, ¿cómo fue posible que Armengol hiriera mortalmente a Claudio Veiga con una espada de utilería que no tenía ni filo ni punta? La verdad sobre lo ocurrido aquella tarde en el teatro se resiste a ser revelada.
En la sala de audiencias de la Provincia, Arturo Armengol comparece acusado del asesinato de Claudio Veiga. La tarde en que ocurrieron los hechos, durante la representación del cuarto acto de Don Juan Tenorio en el teatro Odeón, Claudio cayó sin vida al finalizar el duelo escénico, con una herida mortal en el pecho. El fiscal presenta un caso que parece incontestable: Armengol, quien interpretaba a Don Luis Mejías, fue la única persona con acceso al difunto en ese momento. Sin embargo, la espada que utilizaba era de utilería, plateada y sin filo ni punta, incapaz de producir la lesión que causó la muerte. Atilano Garcerán, el famoso abogado criminalista conocido en los círculos jurídicos como Atila, asume la defensa de su cliente con la serenidad que lo caracteriza. Su pasante, Rogelio, un joven sin experiencia que viste por primera vez la toga en un juicio, presencia cómo su jefe se enfrenta a un misterio que desafía toda lógica. En escena solo estaban Armengol y Claudio, además de Alfredo Galán, quien interpretaba al Comendador y permanecía inmóvil fingiendo estar muerto en las candilejas. La declaración del acusado resulta inverosímil: afirma que Claudio se apartó de repente durante el combate, dio unos pasos y se desplomó sin que él tocara al actor. La historia parece absurda a los ojos del tribunal, pero Garcerán permanece imperturbable, como si guardara una carta escondida que permitirá demostrar la inocencia de su defendido. Lo que comenzó como una llamada confusa a su despacho en una lluviosa tarde de noviembre ha derivado en un caso que desafía toda explicación racional.
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