En la densa niebla de Chinatown, una figura vestida de oro bajo una capa negra ejecuta un asesinato impecable usando un antiguo tessen oriental. La víctima, Marston, es un hombre sumido en drogas y delincuencia cuya muerte apenas provoca…
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En la densa niebla de Chinatown, una figura vestida de oro bajo una capa negra ejecuta un asesinato impecable usando un antiguo tessen oriental. La víctima, Marston, es un hombre sumido en drogas y delincuencia cuya muerte apenas provoca sorpresa en los bajos fondos. El teniente Dobkin inicia su investigación en medio de un barrio controlado por poderosos hampones, donde cada secreto permanece envuelto en bruma y sombra.
En la densa niebla que cubre Chinatown, una figura envuelta en negro y reflejos dorados se desplaza por las callejuelas como sombra insubstancial. Su objetivo es preciso: una habitación maloliente sobre un restaurante de la cadena Zeleste. Allí encuentra a Marston, un hombre cuya existencia se ha disuelto en drogas y alcohol, tendido en un lecho sucio, entre cenizas de cigarrillos y jeringas olvidadas.
El acto es rápido y quirúrgico. La asesina porta un tessen, antiguo abanico oriental cuyas láminas de acero son filo de muerte. No hay palabras innecesarias. Solo una advertencia helada: ‘Es la muerte. El oro es la muerte… para todos’. Y entonces, la precisión del acero. Marston intenta alcanzar su revólver, pero no hay tiempo. Las láminas lo desgarran, su sangre oscurece las sábanas, su cuerpo se retuerce en el espasmo final.
La asesina se retira como llegó, en silencio absoluto, dejando el tessen clavado en la garganta de su víctima. El crimen queda como una escena de pesadilla: un hombre muerto, una habitación sórdida, un arma oriental que desafía toda comprensión.
Cuando el teniente Dobkin llega a la escena, su incredulidad es apenas mayor que su disgusto. ¿Un abanico? ¿Para matar? Dobkin es policía de homicidios en un barrio donde lo extraño es norma. Interroga a Peng Hua, gerente del restaurante, quien sonríe con la inscrutabilidad de quien trabaja para poder auténtico: Loo Wong, el Mandarín.
Wong controla más que establecimientos legales. Sus negocios se extienden hacia fumaderos de opio y distribución de drogas, todo blindado por dinero e influencias que la justicia no logra penetrar. Dobkin conoce su impotencia frente a ese poder.
Entonces emerge un testigo: Lu, una joven del dancing vecino, que vio algo extraño la noche del crimen. Una figura andrógina, cabello largo dorado, prendas sofisticadas. Ni ella está segura de lo que vio, pero es el primer hilo que Dobkin tira para desenredar los secretos que cubre Chinatown como la propia niebla.
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