Shana, casi adolescente, asiste por primera vez a la reunión de las tribus en Sakara. Entre la multitud descubre a Nader Burhan, el joven con quien ha estado soñando durante un año.
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Shana, casi adolescente, asiste por primera vez a la reunión de las tribus en Sakara. Entre la multitud descubre a Nader Burhan, el joven con quien ha estado soñando durante un año. Pero lo encuentra a solas con su hermana mayor Zurah, pidiéndole matrimonio. Con audacia sorprendente, Shana sale del escondite y le propone que se case con ella en lugar de con su hermana. Nader rechaza cruelmente a la jovencita, diciéndole que es una cría sin nada especial. Su desprecio es tan profundo como el desierto. Sin embargo, ese rechazo marca el comienzo de una historia donde el destino todavía tiene mucho que decir.
La reunión de las tribus en Sakara reúne lo más importante de los emiratos del desierto. Es el primer año que Shana, casi adolescente, puede asistir, y lo que descubre allí la deslumbra: la música, el fuego, la risa de cientos de personas, el bullicio de una vida muy distinta a la tranquila paz de su poblado. Su madre le advierte constantemente que no debe dejarse llevar por la curiosidad, que sus miradas pueden delatar pensamientos indeseables, que sus gestos comprometen el honor de la familia. Pero entre el gentío, Shana avista a Nader Burhan, un joven de la familia de los Burhan que ha visitado su hogar en ocasiones anteriores. Desde entonces, lleva un año soñando con él.
Cuando Shana se aleja de su madre para buscar a su hermana Zurah, tropieza y cae. Sucia, mojada y con un rasguño en la mejilla, se dirige al oasis para limpiarse. Es allí donde los descubre: Nader y Zurah, su hermana mayor, a solas entre las palmeras. El joven, decidido y seguro de sí mismo, promete a Zurah que hablará con su padre para pedirle su mano, que la convertirá en su esposa. Zurah duda, le dice que su padre tiene otros planes, pero Nader insiste. Cuando ella se marcha, el joven permanece pensativo, visiblemente afectado por su rechazo.
Es entonces cuando Shana emerge de su escondite. Con una valentía que sorprende al propio Nader, avanza hacia él y le anuncia que será ella quien se case con él, no su hermana. La joven que nadie había notado, la que sabe que no posee la belleza de Zurah, cuyo cuerpo aún no ha madurado, que viste sucia y mojada tras su caída. Nader primero ríe, incrédulo. Luego, su diversión se transforma en frialdad. La rechaza con palabras que cortan como vidrio: es una cría, no tiene nada especial, jamás se desposará con ella.
El dolor de ese rechazo atraviesa a Shana como una espada. Nader se va sin mirar atrás, sin dignarse a considerar siquiera sus sentimientos. Pero en el corazón de Shana late una fuerza obstinada, heredada de su abuelo, quien le enseñó a no rendirse ante la adversidad, a buscar actuar en lugar de lamentarse. Aunque en este momento sus lágrimas riegan la arena del desierto, algo en ella sabe que esta no es el final de su historia.