Un mozo duerme en el establo de una posada, murmurando sobre un cuchillo maldito. Isaac Scatchard, marcado por la desdicha toda su vida, guarda la memoria de una noche que cambió su destino.
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Un mozo duerme en el establo de una posada, murmurando sobre un cuchillo maldito. Isaac Scatchard, marcado por la desdicha toda su vida, guarda la memoria de una noche que cambió su destino. En el cuarto de una fonda, una mujer de ojos grises y párpado caído entró con un arma en la mano. Sin hablar, con silencio amenazante, trastocó su existencia. La obra entrelaza esta pesadilla recurrente con la historia del Capitán Asesino, un relato gótico donde el matrimonio es una ceremonia de muerte.
En una noche lluviosa, un médico entra al establo de una posada de provincias. Descubre a Isaac Scatchard durmiendo sobre la paja, su rostro enjuto y contraído por la preocupación. En sueños, el hombre invoca a un cuchillo maldito, a ojos grises claros, a un párpado izquierdo caído. Intrigado, el médico dedica la velada a escuchar la verdad detrás de aquella pesadilla.
Isaac siempre fue un hombre entregado a la adversidad. Su mala suerte era proverbial en su vecindario. Caballerizo de oficio, jamás logró empleo duradero ni salario puntual. Sin familia que lo sostuviera más allá de una madre viuda, se aventura en un viaje para conseguir trabajo. El viaje fracasa, como casi todo en su existencia. En el camino de regreso, el destino lo guía hasta una fonda solitaria al pie de una carretera selvática.
La noche es oscura, con viento otoñal que gime en los árboles. Isaac duerme con la vela encendida. Algo quiebra su sueño: un frío atraviesa su cuerpo. Un dolor angustioso lo despierta. En ese momento, iluminada por la vela, aparece una mujer de cabello rubio y ojos grises con el párpado izquierdo caído. Un cuchillo brilla en su mano. Sus labios permanecen cerrados. La intención habita el silencio.
La narración se alterna con la historia del Capitán Asesino, un caballero de la mejor sociedad cuya verdadera naturaleza es depredadora. Sus matrimonios son ceremonias de muerte. Adorna las calles con flores que llama ‘Aderezos para Corderitas’. Sus caballos blancos portan manchas de sangre de esposas asesinadas. Dos narrativas góticas que hablan del crimen, la premonición y la imposibilidad de escapar al propio destino.
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