George Steiner creció en casas atravesadas por la música de los maestros europeos, en Viena y París, mientras su padre le enseñaba griego antiguo.
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George Steiner creció en casas atravesadas por la música de los maestros europeos, en Viena y París, mientras su padre le enseñaba griego antiguo. Una parálisis congénita le vedó tocar el piano que deseaba, pero la música siguió modelando su pensamiento. Este prólogo explora cómo esa relación paradójica —la imposibilidad de crear música y la necesidad de comprenderla— se convertiría en el motor de su carrera como crítico y ensayista.
En una casa de Viena y París habitada por el sonido de grandes obras maestras europeas, creció George Steiner. Sus padres, judíos cultivados que huían de la oscuridad nazi, ofrecían conciertos para músicos exiliados mientras el pequeño George escuchaba a Bach y Wagner bajo el mismo techo en el que aprendía pasajes de la Ilíada en griego antiguo. Una parálisis braquial congénita le impidió tocar el piano que tanto anhelaba, pero esa privación no apagó la música que reverberaría en cada página de su pensamiento crítico.
Este prólogo de Rafael Vargas Escalante reconstruye cómo la música fue moldeando la inteligencia de George Steiner, crítico y ensayista de alcance significativo. Desde su primer poema sobre un virginal barroco hasta sus meditaciones sobre el silencio en la era del ruido organizado, Steiner persiguió constantemente la pregunta sobre qué significa escuchar con atención genuina, cómo la música articula el pensamiento de formas que las palabras nunca alcanzarán completamente, y por qué su ausencia en la educación contemporánea empobrece nuestras mentes. El relato entrelaza la historia de una familia en fuga, la presencia de un piano histórico que perteneció a Emma Wedgwood, esposa de Darwin, y una reflexión profunda sobre cómo la privación y el refinamiento, la barbarie y la belleza conviven en la misma consciencia.
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