En enero de 2011, un padre de sesenta y ocho años pierde a su hijo Álex por cáncer. El dolor lo desborda, pero rechaza anestesiarse. Descubre que caminar se convierte en su medicina: primero en calles urbanas, después en el Camino de…
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En enero de 2011, un padre de sesenta y ocho años pierde a su hijo Álex por cáncer. El dolor lo desborda, pero rechaza anestesiarse. Descubre que caminar se convierte en su medicina: primero en calles urbanas, después en el Camino de Santiago, recorriendo más de setecientos kilómetros. A través del walkim, una técnica de caminar con palos, recupera la serenidad, la fuerza y el sentido de la vida. Este testimonio narra cómo cada paso es liberación, cómo el movimiento transforma el sufrimiento en aprendizaje y cómo es posible reconstruirse después de la pérdida.
Un padre de sesenta y ocho años pierde a su hijo Álex, ingeniero como él, a los treinta y nueve años. La muerte por cáncer lo golpea sin aviso, le arrebata la posibilidad de ver crecer a sus nietas, de compartir la madurez de su hijo como hombre y padre. El dolor lo desborda como nunca antes.
Rechaza la anestesia farmacológica que le ofrecen. Decide padecer plenamente ese sufrimiento, convencido de que solo se sana del dolor cuando se lo experimenta completamente. Pero necesita una salida, un modo de contener la angustia que lo consume.
Sin explicarse aún cómo, un día se pone en movimiento. Camina por las calles, preocupado y ansioso, equilibrando sus tormentos. En esas primeras caminatas urbanas descubre algo que lo cambia: a cada paso, su mente se sosega, su cuerpo se relaja, emerge una serenidad inesperada. Cuando descubre el walkim—caminar con palos de impulso—la transformación se profundiza.
Con el tiempo, se plantea un reto: recorrer el Camino de Santiago, setecientos noventa kilómetros desde Roncesvalles a Santiago de Compostela. A sus sesenta y cuatro años, con más entrenamiento que dudas, inicia el viaje. Durante las jornadas intensas descubre que cada paso es purificación. Las llagas, los dolores musculares, la tendinitis no detienen su avance porque la mente, cada vez más clara, inyecta vida al cuerpo adolorido. En el Camino encuentra una universidad, herramientas para entender y afrontar la vida.
Años después, escribe estas páginas desde la certeza de que ha recuperado su alegría y su propósito. Hoy vive contento, valora lo que tiene: su hijo menor, sus nietas, amigos leales. La herida de Álex siempre estará, pero ha aprendido a vivir con ella. Este libro es una invitación a descubrir cómo el caminar—cualquier caminar—transforma el dolor en fortaleza, la angustia en claridad, y cómo cada paso es, en verdad, una segunda oportunidad de vida.
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